miércoles, 6 de septiembre de 2017

La noche que tembló Alcalá


Fueron dos explosiones consecutivas y brutales; el suelo se estremeció y las luces se apagaron; cristales y cascotes empezaron a llover desde las fachadas de los edificios, y una nube de polvo barrió la ciudad. A apenas cuatro kilómetros de la plaza de Cervantes, cerca del viejo puente medieval del Zulema, un cráter entre fuego, humo y barro fue todo lo que quedó de un montículo en cuyo interior  se guardaba un arsenal militar.

Estado en el que quedó la venta y los alrededores del polvorín tras la explosión
Ocurrió la noche del sábado 6 de septiembre de 1947, hace pues 70 años. Solo los más mayores recuerdan esta tragedia, cuyo rastro de muertos, heridos y destrozos materiales dejó conmocionada durante años a lo que, por aquel entonces, era una pequeña ciudad. Para refrescarlo y darlo a conocer a las nuevas generaciones, el colectivo cívico Foro del Henares promovió hace ocho años la publicación del libro La explosión del polvorín de Alcalá de Henares, obra de los historiadores Alejandro Remeseiro y Julián Vadillo, y reclamó a las fuerzas políticas locales que impulsaran algún tipo de recuerdo municipal de las víctimas y de los represaliados de aquel suceso que comenzó una tibia velada de sábado hace siete décadas. Con un monumento y la reedición del libro de antes citado se ha dado respuesta ahora a esa petición de memoria para una calamidad que solo el fatídico11-M puede igualar en impacto.

Recién concluidas las Ferias, en aquella noche de final de verano casi todo el mundo estaba en la calle, tomando el fresco o paseando.Los relojes se pararon a las diez menos cuarto de la noche por dos truenos y un tremendo temblor de tierra. Ningún hogar ni establecimiento público de Alcalá se libró de la terrorífica sacudida, a la que siguió un apagón y una espesísima polvareda. El pánico se adueñó de la población, desconocedora aún que aquel terremoto tenía su epicentro al otro lado del río.

El polvorín construido una década antes en las entrañas de un montecito de apenas 50 metros de altura, ubicado a las espaldas del actual Centro de Artesanía, había estallado por causas desconocidas  escupiendo al aire cientos de miles de metros cúbicos de tierra. En pocos minutos  llegó a las calles de Alcalá el colosal hongo de polvo levantado por la deflagración. De la violencia de ésta no se salvó la fábrica Río Cerámica, vecina del polvorín, que quedó completamente arrasada;  ni el viejo puente del cardenal Tenorio;  ni la popular venta de Camacho. El temblor de la explosión se llegó a sentir a más de cincuenta kilómetros, especialmente hacia el sur, en la otra orilla del Henares. Se dijo entonces que el río salvó a la ciudad de una destrucción mayor al absorber buena parte de la onda expansiva.

En la más absoluta oscuridad y con el terror haciendo presa de los vecinos, en el Ayuntamiento  se montó un ‘gabinete de crisis' cerca de la medianoche. El alcalde accidental Félix Huerta Álvarez de Lara, que sustituía al regidor Lucas de Campo, de vacaciones, contactó con la autoridad militar para organizar la operación de salvamento en la ‘zona cero' del Zulema y atender a los heridos en la ciudad, alertándose a los hospitales de Madrid y de Guadalajara. Militares, personal municipal y voluntarios se acercaron hasta el polvorín, donde les dio el alto un centinela que salió milagrosamente indemne pidiéndoles fuera de sí el santo y seña.

La búsqueda de supervivientes y el rescate de cadáveres en lo que quedaba del polvorín y en el esqueleto ruinoso de la vecina fábrica, fueron muy dificultosos.  El polvo era cegador, se habían incendiado los restos de la fábrica por los hornos que ardían cuando se produjo la explosión y había que cruzar el río a pie por la destrucción del puente. El Teatro Salón Cervantes se convirtió en un hospital de campaña y los primeros bomberos llegaron de Madrid a primeras horas de la madrugada.

El 7 de septiembre Alcalá amaneció cubierta de polvo pero calmada. A media mañana logró recuperarse la línea telefónica y la oficina del telégrafo en la calle Santiago no dio abasto para atender la avalancha de mensajes de los vecinos deseosos de comunicar con el exterior para tranquilizar a amigos y familiares.

Poco a poco se fue haciendo recuento de víctimas y se cerró con la cifra de 24 muertos, entre soldados y trabajadores de la cerámica, y un número indeterminado de heridos. La ciudadanía se volcó con los damnificados y el funeral de los fallecidos, al que acudieron las autoridades políticas y religiosas de la capital, con el ministro de Gobernación a la cabeza, fue multitudinario.

De inmediato comenzó la investigación del siniestro y, en paralelo, la ‘caza’ de culpables. Aunque nunca se llegó a saber con certeza cómo se produjo la explosión,  todos los indicios apuntaban a las deficientes instalaciones y al mal estado de la pólvora almacenada en el polvorín. Los jueves militares que instruyeron la causa no los tuvieron presentes y se acogieron exclusivamente  a la teoría del sabotaje organizado por una célula izquierdista. De esta manera, con ninguna prueba inculpatoria, fueron detenidas  24 personas, todos obreros, la mayoría de Alcalá y con antecedentes de militancia comunista y socialista. Ocho de ellos fueron condenados a muerte y el resto padecieron severas penas de prisión.

El recuerdo del trágico destino de aquellos condenados, que se sumó al de las víctimas de la explosión, quedó desleído con el tiempo, excepción hecha de la memoria de los más mayores y el libro antes mencionado. En el lugar, no obstante, aún queda en pie parte del montículo y, hasta hace no mucho, la entrada a la galería del polvorín ubicada cerca de la cuesta del Zulema, la única que quedo en pie aquel sábado negro.

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