miércoles, 31 de mayo de 2017

La ciudad del teatro en un teatro de ciudad

En el otoño de 2012 el prestigioso hispanista John Elliot, una autoridad mundial en la España moderna, recibió el doctorado Honoris Causa de la Universidad de Alcalá. Desde la cátedra del Paraninfo de la Cisneriana, ataviado con el birrete y la toga de rigor, recordó en el inicio de su parlamento la carta de un viajero portugués a un amigo, en los tiempos de Carlos V, contándole las maravillas que había encontrado en la villa universitaria concebida por Cisneros. Y en esa misiva le hablaba justamente de aquel lugar, el Paraninfo, como una estancia magnífica para cobijar actos públicos "y para representar comedias".

El Paraninfo también sirvió de teatro en los primeros tiempos cisnerianos. Y así imaginó que pudo ser la estancia más noble de la Universidad Jenaro Pérez Villaamil en una de las románticas estampas que realizó para el libro 'España artística y monumental' (1842).
Comedias se representaban, desde luego. La filóloga clásica y profesora de la UAH, María del Val Gago Saldaña, rescató a comienzos de esta década, en un trabajo que cosechó importantes reconocimientos, algunos de los textos de las comedias humanísticas que allí ponían en escena a mediados del siglo XVI  los alumnos del catedrático de Retórica, Juan Pérez, también conocido como Petreius o Petreyo. Los textos, escritos por el propio catedrático a partir de obras clásicas, estaban en latín, algunos de los argumentos resultaban de lo más atrevidos y se trataba de algo así como un lúdico examen fin de curso para el disfrute de toda la comunidad universitaria, que también podían tener como escenarios los recoletos patios de los colegios menores.

Salta a la vista, pues, que la tradición teatral alcalaína viene de muy lejos. Y  por consiguiente, si existe una población en Madrid que merece ser sede de un festival  teatral, esa es Alcalá, por delante incluso de la capital. Y así lo es desde hace 17 años, con Clásicos en Alcalá, una muestra de teatro, danza, música, espectáculos de calle y pasatiempos infantiles, pero también exposiciones, sesiones de cine y hasta degustaciones gastronómicas, inspirados en autores, obras y estéticas del canon que se considera clásico.

La Comunidad de Madrid respaldó y dio carácter regional a esta iniciativa,  que nació con el siglo, siendo alcalde el socialista Manuel Peinado, y con la colaboración decisiva de la desaparecida Fundación Cultural Diario de Alcalá, hasta convertirse en el evento que pone el pórtico a los festivales de verano en nuestro país. Y desde primera hora la celebración contó con el latiguillo de “Alcalá, la ciudad del teatro”. Aunque en verdad la ciudad no conoce hasta qué punto, material incluso y no solo abstracto, se trata de un lema de lo más auténtico y no puro marketing cultural.

Porque lo de Petreyo que rescató la profesora Gago Saldaña y lo del viajero portugués que recordaba el venerable hispanista británico constituyen solo un hito en una historia que se remonta a muchos siglos atrás. Si se terminan de confirmar vía excavaciones lo que descubrió la joven arqueóloga Sandra Azcárraga a través de fotografías aéreas,  hace 2.000 años ya pudo existir un teatro en la meseta del Zulema, en cuyo subsuelo reposa el esqueleto de la Complutum primitiva [ver en este blog la entrada ¿Quién ayuda a desenterrar la Alcalá del Cerro del Viso?].

Las ruinas de Complutum suelen acoger visitas teatralizadas, como las que se muestran en la imagen (foto www.arqueodidat.es)
Y si allá arriba sobre el cerro los complutenses pioneros en aquella población republicana ruda y defensiva ya disfrutaron de tragedias y comedias, no es descabellado pensar que los descendientes que ‘bajaron’ un siglo después a refundar la urbe a la vera del Henares mantuvieran la afición. En aquella Complutum del llano, refinada y cosmopolita, con espaciosos edificios públicos y lujosas casas particulares en las que no faltaban mosaicos adornados con las más evocadoras leyendas mitológicas y frescos jardines en los que se paseaban pelícanos y otras aves del paraíso, es fácil imaginar más teatro.

Como tampoco cuesta imaginar que en la lonja de la colegiata de los Santos Justo y Pastor, luego iglesia magistral, pudieran disfrutarse de misterios y autos sacramentales. Especialmente cuando el vecino palacio-fortaleza de los arzobispos de Toledo era residencia habitual de los reyes para largas estancias de reposo; y en su honor se oficiaban en la villa toda clase de oficios religiosos, festejos y justas.

Y no hay que imaginar, porque es conocido de sobra y ha llegado hasta nuestros días, que el Corral de Comedias construido en 1601 por el carpintero Francisco Sánchez a base de ladrillo y vigas de álamos negros del Henares en un patio de vecinos de la plaza del Mercado, es memoria teatral viva, y no exclusivamente local. Primero acogiendo a los grandes, y a los pequeños, del Siglo de Oro; en el siglo XVIII, como coliseo neoclásico, comedias del viejo y el nuevo régimen, así como música de la época, con un recital frustrado de Farinelli, el castrato más famoso de la historia; y por último, ya en el siglo XIX como teatro romántico, folletines y dramones.

En 1888, levantado en el tiempo récord de 28 días, abrió sus puertas el Teatro Salón Cervantes, que junto al Corral, y a pesar de toda clase de tribulaciones, han permitido unir pasado y presente en cuestiones escénicas. Incluso durante algún tiempo, a comienzos del presente siglo, los dos viejos teatros compartieron actividad con hasta cuatro teatros más: los universitarios La Galera y Lope de Vega, éste último en la vieja iglesia del colegio de Caracciolos; la sala Margarita Xirgu del sindicato CC OO y la pequeña sala del Teatro del Mundo, la fugaz escuela de teatro clásico de la actriz Alicia Sánchez.

Quedan aparte los espacios escénicos al aire libre, en plazas y recintos cerrados, que han venido sirviendo sin pausa en los últimos treinta años para toda clase de representaciones. Y no todos ubicados en el centro histórico. De hecho, pendiente de 'estreno' está el aún desolado -y desolador- auditorio de la recién bautizada plaza del Viento en Espartales Norte, el barrio más joven y remoto.

No obstante, es sobre el espacio físico del TSC y el Corral  por donde continúa pasando gran parte del futuro del teatro en Alcalá en general. Y del festival de clásicos en particular. Incluso del festival Alcine, cuyas únicas salas de proyección en el centro de la ciudad son justamente los dos viejos teatros, que también en su larga vida han servido como cinematógrafos.

Actores que participaron en la presentación de Clásicos en Alcalá 17, con el director del festival, Carlos Aladro -primero por la derecha-, en un 'nuevo' espacio escénico de la ciudad: las naves de la vieja fábrica de Gal (foto Rubén Gámez)
El Gobierno regional ha decidido darle un impulso renovado a su inversión en Clásicos en Alcalá, dejando la dirección al cuidado del eficaz y experimentado Carlos Aladro -¿necesitaría Alcine, también de patronazgo autonómico, un empujón parecido, ahora que se acerca al medio siglo y sobrevive extrañamente como un festival de cine sin cines?. Y en la edición número 17 que arrancará el próximo 15 de junio el público disfrutará de más espectáculos de calle y de una cartelera que, tras un proceso de selección de funciones y compañías, tiene como hilo narrativo la sugerente idea del “Alma de mal”. Al fin y al cabo, festival es sinónimo de fiesta y de competición, respectivamente.

Ojalá el vecindario no trate con la indiferencia habitual el acontecimiento, al que por otra parte nunca le han faltado leales y entusiastas espectadores. Es verdad que no se crea público ni cultura de teatro de un día para otro. Pero asombra la paradoja de que, siendo este el entretenimiento público más antiguo, con muchísima diferencia, y de los más populares de cuantos se han gozado por estos pagos, parezca a estas alturas de siglo XXI casi un capricho de élites.

Quizá algún día –por algo este cuaderno digital se titula 'Complutopía'- volvamos a ver tragedias del mundo antiguo en los viejos teatros complutenses reconstruidos a partir de los fósiles que aún debe proteger la arcillosa madre tierra típica de por aquí. O alguna compañía se anime a representar las comedias “tan divertidas, tan frikis y tan alcalaínas” de Petreyo, como las describe la profesora Gago Saldaña; en el Paraninfo o en ese monumental auditorio de piedra y galerías soportaladas que es el patio de Santo Tomás de Villanueva de la Cisneriana.

En fin, es muy posible que no sea tan impactante como pegarle fuego a Cervantes en una falla valenciana. Pero seguro que sería muchísimo más genuino.

lunes, 8 de mayo de 2017

La 'batallita' del Zulema

Aventadas por completo las cenizas de Cervantes tras ser incinerado en una hoguera pública para cerrar los fastos de su cuarto aniversario en Alcalá sin asombro alguno entre el paisanaje local (¿qué pensarían los vecinos de Stratford-upon-Avon si a  los inquilinos de su town hall se le ocurriera meterle candela a un pelele con la efigie de su inmortal paisano Shakespeare?); nos adentramos en mayo, mes de conmemoraciones guerrilleras. Y en la larga historia de Alcalá no podía faltar un capítulo consagrado a la Guerra de la Independencia.

En 2013, con motivo del bicentenario de la batalla, se organizó una especie de recreación en pleno centro histórico. El incombustible Baldo Perdigón retrató el evento con su pericia habitual.
Durante los cinco años que duró la contienda, los franceses permanecieron en Alcalá de forma casi ininterrumpida. Aquí emplazaron el centro de operaciones desde donde las fuerzas del invasor ejecutaron sus rapiñas y saqueos por toda la comarca. La población se resistió a través de las guerrillas comandadas por cabecillas como ‘El Tuerto’ o don Diego, pero sobre todo por Juan Martín ‘El Empecinado', uno de los guerrilleros más famosos de la Guerra de la Independencia y emblema de la facción liberal.

La partida de El Empecinado hostigó a los franceses en nuestra comarca desde casi el inicio del conflicto bélico. Y su participación fue crucial en la liberación de la ciudad, por ser el protagonista de la citada batalla en el puente del Zulema.

Esteban Azaña, en su célebre Historia de la ciudad de Alcalá de Henares (Antigua Compluto) (1882), describió el episodio como una “batalla heroica, gloriosa y sangrienta” en la que la correlación de fuerzas era  de lo más desigual: mientras los ‘Empecinados’ eran poco más de un millar, sin caballería ni artillería, los franceses sumaban en torno dos mil quinientos efectivos, con caballería y una generosa dotación de cañones. De acuerdo con el relato de Azaña, los guerrilleros se situaron en los cerros que rodean el puente y allí aguantaron las descargas del fuego francés. Más tarde, en la lucha cuerpo a cuerpo, lograron rechazar a la tropa napoleónica, que se retiró del paraje tras varias horas de encarnizada pelea, quedando “el campo cubierto de cadáveres, de donde se recogieron más de doscientos heridos”.

José Martín 'El Empecinado', héroe y libertador de Alcalá.
Para empezar el equilibrio entre los bandos eran más ajustado que el ofrecido por Azaña: 1.500 infantes y 500 caballos de parte española y 1.200 infantes, 200 caballos y dos cañones del lado francés. Los guerrilleros de El Empecinado se situaron en los barrancos y cantiles del otro lado del Zulema, mientras que la columna de los franceses, procedente de la ciudad, abrió  fuego desde las orillas de río. Con las primeras luces del día comenzó el intercambio de disparos, que se prolongó durante varias horas.

Una fuerza de caballería española procedente de la zona de Ajalvir, alertada por el estruendo de los cañones, se aproximó hasta Alcalá, lo que obligó a los franceses a batirse en retirada hasta Torrejón. Como resultado del intercambio de disparos, el bando francés registró tres muertos, tres prisioneros y alrededor de 30 heridos; el bando español, por su parte, tuvo en su parte de bajas tres muertos, otros tantos prisioneros y una docena de heridos.

Sea como fuera, después de aquella batalla o ‘batallita' los franceses jamás volvieron a pisar la ciudad, que quedó definitivamente liberada del invasor, cuya huella, eso sí, quedó bien grabada.

El palacio arzobispal, por ejemplo, padeció de manera muy especial el paso napoleónico por estos lares. La vieja fortaleza medieval y posterior palacio renacentista de los poderosos Arzobispos de Toledo se convirtió en improvisado cuartel de los franceses durante la práctica totalidad del conflicto bélico. La primera aparición de los soldados de Bonaparte en el solar complutense se produjo a finales de junio de 1808. Una columna de 3.000 hombres entró en Alcalá y Guadalajara y requisó las armas a los civiles.

Dibujo del puente del Zulema en la segunda mitad del siglo XIX (extraída de www.patrimoniocomplutense.es).
En los días previos a la llegada de ‘la francesa’, nuestra ciudad era un “sepulcro”, según relata Azaña en su historia local. “Todas las personas acomodadas abandonaron la ciudad –narra Azaña-, la Universidad cierra sus puertas, muchos de cuyos estudiantes fueron a engrosar las filas de los guerrilleros, ciérranse los conventos de frailes y hasta las monjas, abandonado el claustro y algunas hasta mudando el hábito por el vestido seglar, huyen, quienes a refugiarse en los conventos de otros pueblos, quienes a esconderse en las casas de sus padres, habiendo comunidad que pasaron alguna noche escondidas en los montes cercanos, y otras refugiadas en los encerradores de ganado”.

Aunque las tropas francesas hicieron su entrada al comienzo del verano, no fue hasta el mes de diciembre de aquel mismo año cuando establecieron su ‘base de operaciones’ estable en las estancias y patios del arzobispal, no sin antes saquear y provocar algunos destrozos en la ciudad. Desde ese cuartel se coordinó la recaudación de víveres por toda la comarca, así como el control de los caminos, hostigados por los guerrilleros, mientras duró la invasión, que a este lado del Henares concluyó con el célebre episodio del Zulema.

Otra cosa es que la ciudad levantara cabeza, que no fue tal, iniciándose los prolegómenos de una de las épocas más decadentes y sombrías de su historia.

jueves, 6 de abril de 2017

Condueños: una sociedad secreta (pero menos)


El desarraigo es la enfermedad más dañina que puede sufrir una ciudad. Y cuanto más antigua es la urbe, más lacerantes resultan sus efectos. Un vecindario sin sentimiento de pertenencia, indiferente a la historia, los valores y las necesidades del teatro urbano que le rodea, supone ponzoña mortal para una ciudad histórica. Alcalá de Henares lleva mucho tiempo conviviendo con esa toxina y aun así mantiene el tipo. Todavía no se conoce el límite de su resistencia. Y mientras tanto, avanza la despersonalización, a golpe de asfalto y hormigón, en la conurbación capitalina.
La fachada renacentista del colegio mayor de San Ildefonso, en una imagen de finales del siglo XIX
Curiosamente, en el repertorio inacabable de acontecimientos brillantes que jalonan el pasado complutense, se encuentra uno que representa justo lo contrario, el modelo de reacción contra toda flojera, desinterés, ignorancia y olvido: la hazaña de la Sociedad de Condueños. El relato resumido más o menos es el que sigue.
126 vecinos de Alcalá, entre los que se contaban ricos propietarios y comerciantes, catedráticos y religiosos, pero también albañiles, campesinos y tenderos, constituyeron el 12 de enero de 1851 la Sociedad de Condueños de los Edificios que fueron Universidad. Justo un mes antes, reuniendo todos sus ahorros en plan crowdfunding, habían comprado por 90.000 reales la manzana de la Universidad Cisneriana, cuya fachada plateresca pretendía desmontar, al parecer, su propietario, Javier de Quinto. El notario Esteban Azaña, abuelo del niño Manuel Azaña que nacería veintinueve años más tarde y que llegaría a ser notable escritor y político, además de presidente de la Segunda República española, dio fe de la constitución de aquella entidad.
Por aquel entonces, la población de Alcalá apenas superaba los 4.000 habitantes. El barrio universitario que el cardenal Cisneros diseñó y mandó construir a comienzos del siglo XVI no era más que un glorioso cementerio de arquitectura renacentista y barroca, desde que el Gobierno ordenara cerrar la institución en 1836 y trasladar los estudios a la nueva universidad de Madrid.
Aquel fastuoso mastodonte de piedra y adobe fue entregado a la subasta pública y por la Cisneriana apareció en 1846 una oferta de 50.000 reales a cargo del empresario Joaquín Alcober. Su intención era dedicar la centenaria sede de la academia complutense a criadero de gusanos de seda, cultivo de plantas de morera y taller de hilatura. El descabellado proyecto no se llevó a la práctica y dos años después la propiedad pasó a manos de otro potentado, Joaquín Cortés, que a su vez vendió el colegio mayor de San Ildefonso y todo el caserío que lo circunda al mencionado Javier de Quinto.
Una de las escasas representaciones que se conocen del desaparecido arco universitario de la calle Pedro Gumiel desde la plaza de Cervantes: un dibujo realizado por el artista Vicente Carderera y
Solano en 1846. La obra es propiedad de la Fundación Lázaro Galdiano y se dio a conocer por primera vez en la ciudad en las páginas del desaparecido Diario de Alcalá en febrero de 2010, junto a un artículo del investigador local y condueño, José María San Luciano,
Además de liquidar libros y obras de arte que pertenecían a los bienes muebles de la universidad, el nuevo dueño mandó trasladar las campanas de la capilla –que según se decía se fundieron con el bronce de los cañones de la conquista de Orán-, desmontar las cresterías del patio Trilingüe y echar abajo el histórico arco con balconada que hacía ‘frontera’ entre la calle Pedro Gumiel y la plaza de Cervantes, o sea, entre la jurisdicción universitaria y la del Concejo.
Cuando empezó a extenderse el rumor de que la piqueta acabaría también con la suntuosa fachada de Gil de Hontañón, los paisanos se decidieron a intervenir y adquirieron la Cisneriana, que bajo su custodia fue luego cedida para sede de la Academia de Caballería, colegio de Escolapios y centro de formación de funcionarios, hasta que en 1977 la universidad retornó a Alcalá.
Apenas quedan descendientes de aquellos alcalaínos que sigan formando parte en la actualidad de la Sociedad de Condueños. Ellos son los poseedores de las 900 acciones en que fueron representados los 90.000 reales con los que se adquirió la manzana universitaria. Tales acciones, conocidas como “láminas”, solo pueden ser transferidas entre vecinos de Alcalá, con un máximo de diez por persona, teóricamente al menos. De manera excepcional y como reconocimiento a sus afanes en la recuperación de patrimonio histórico y artístico de la ciudad, la entidad ha hecho ‘condueños’ a título institucional al Ayuntamiento, la Universidad y el Obispado.
El patio Trilingüe lleno de maleza, en una postal de finales de los años 20 del pasado siglo.
Con sede en la plaza de Cervantes, donde posee una valiosa biblioteca, la actividad pública de la Sociedad ha venido siendo muy testimonial. Celebra una asamblea anual y cada curso entrega un premio a las mejores tesis doctorales de la Universidad. Además de contar con una calle en la zona de La Esgaravita, el Ayuntamiento le concedió la medalla de oro de la ciudad en 2001, la más alta distinción municipal, con motivo de la conmemoración de su centenario y medio. Eso la convierte no solo en la entidad más antigua de la sociedad complutense, sino también un ejemplo pionero en España de la movilización cívica por el salvamento y la conservación del patrimonio histórico.
Hoy en día, solo una minoría, emplazada casi toda en ese territorio garrapiñado que tiene por puntos cardinales la plaza de Atilano Casado, Cuatro Caños y las Puertas del Vado y Santa Ana, está al tanto de este episodio, que reúne todos los dones para enardecer el amor y el orgullo local. La displicencia con la que el común del paisanaje suele relacionarse con el pasado del lugar donde vive tiene mucho que ver en este desconocimiento. Pero tampoco ha ayudado el cierre en sí misma de la Sociedad de Condueños, que nunca se ha impuesto una responsabilidad con la ciudad más allá de la simbólica, ni mucho menos la voluntad de hacerse conocer en esa terra incognita que se abre más allá de Puerta de Madrid, de la Ronda Fiscal, las vías del tren o Juan de Austria.
Felizmente, algo está cambiando y hace pocos días ha abierto sus puertas un pequeño pero muy coqueto museo en uno de los locales de la entidad, en el encantador patio de la vieja Hospedería de Estudiantes, donde la vieja sede de la Cruz Roja en el extremo sureste de la plaza mayor. La conmemoración del quinto centenario de la muerte de Cisneros ha sido el pretexto para una exposición y la consiguiente creación de este nuevo espacio divulgativo, de recomendable visita.
Y si se tiene el privilegio de ser guiado por José Félix Huerta, presidente de la sociedad, y José María San Luciano, investigador local y condueño, el paseo se hará muy corto. Porque animarán con detalles históricos y comentarios impagables el visionado de fotografías insólitas de los patios universitarios ruinosos o invadidos por la maleza; de algunas de las joyas del centenar de libros cisnerianos de la biblioteca, con un tomo de la histórica Políglota o un ejemplar de la Vita Christi de Polono, el primer libro de la imprenta del cardenal; o de algunas de obras de arte, como los magníficos dibujos de Villaamil, entre los que se halla una delicada estampa de la capilla de San Ildefonso, con la críptica anotación “Muy oscuro” manuscrita a la altura  del altar.
Vitrina con algunos de los libros de la sección 'cisneriana' de la biblioteca condueña, en la muestra que hasta el próximo verano se podrá ver en la nueva sala de exposiciones del patio de la vieja Hospedería.
Pero además, estos cicerones intercalarán sucedidos paralelos como el proyectil que cayó en mitad del patio en uno de los bombardeos de la Guerra Civil, matando a una joven pareja vecina de la corrala; el “descubrimiento” de unos relieves en la pila de lavadero que bien podrían ser escudos cisnerianos; o aventuras relacionadas con las urgencias que atendían los voluntarios de Cruz Roja allí mismo; entre explicaciones eruditas de personajes, edificios e hitos complutenses.
Escuchándoles y admirando lo que contiene el museíto, no se entiende que el colectivo condueño pase entre los pliegues del tiempo casi como una sociedad secreta. Como actores y herederos de buena parte de la historia y de la memoria popular de la ciudad, poseen el antídoto contra cualquier virus desintegrador. Y en esta Alcalá permanente e injustamente amenazada por la pérdida de identidad no se puede consentir tal desperdicio.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Heroínas y ceporros

Es notorio que el paso del tiempo no ha hecho más que empeorar la estatuaria pública complutense. Con esa razón de peso que solo puede gastar un artista que vive abrazado a la piedra, el gran Andrés Fernández Alcántara defiende que la mejor pieza de Alcalá de Henares continúa siendo la estatua de Miguel de Cervantes que Carlo Nicoli creó con aire becqueriano por encargo municipal para presidir la plaza mayor, hace ya casi siglo y medio. Aunque también es justo apuntar que en la galería de los horrores que puntean las plazas y parques del mapa de la ciudad, las excepciones más deslumbrantes tienen a mujeres como protagonistas. Y nunca se hará lo suficiente por destacarlo.

'La estudiante', obra de Miguel Ángel Sánchez, en la calle Nebrija.
Sin ir más lejos, las recientes obras de remozamiento en la fachada de la Universidad Cisneriana han demostrado que, además de tratarse del mejor museo escultórico de Alcalá, por vertical que sea, sus figuras en relieve son mucho más hermosas de lo que se puede apreciar a ras de suelo. Y como parte de ese descubrimiento, la delicadeza de la sabia, guerrera y bella Minerva (sufrida Andrómeda, según otros investigadores) resulta especialmente arrebatadora.

Todo un triunfo de los talladores de los Arciniega, Sevilla y demás artistas que se afanaron a mediados del siglo XVI por decorar la portada cisneriana, herederos estéticos a su vez de los anónimos artesanos de la musivaria que fabricaron el mosaico de Leda y el Cisne para una casa principal de Complutum hace casi dos mil años, y que, in extremis de la destrucción, actualmente preside una de las salas principales del Museo Arqueológico Regional de la plaza de las Bernardas. Sí, es cierto que la factura es tosca y la figura se representa deformada, pero cuenta más la voluntad de mostrar el desvalimiento de la joven, acosada por el artero y brutal Zeus, transfigurado hasta aparecérsele como la bella y seductora ave.

Minerva (o Andrómeda), tras ser restaurada en la fachada cisneriana.
La misma dignidad se reconoce en algunas labores del presente, que nos reconcilian con aquello de que las cosas y las formas sencillas terminan siendo siempre las más hermosas. Y a esa tradición pertenece, por ejemplo, la muchacha que lee en un pliegue practicado, a modo de hornacina, en el esquinazo de un edificio de la calle Nebrija. El ya desaparecido maestro Miguel Ángel Sánchez, autor entre otras obras de conjunto de figuras del monumento a las víctimas del 11-M junto a la estación de tren, es el padre de esta criatura metálica que lleva ya más de dos décadas leyendo concentrada en su balcón, ajena al trasiego de la vecina calle Libreros. En la serenidad de La estudiante, como se titula la obra, se adivina la fuerza de los grandes símbolos. Y ahí queda por si alguna vez su docta calma sirve para algo más que adornar un recoleto rincón del centro histórico.

Casi lo mismo se puede decir de la efigie de la infanta Catalina, que va a hacer ahora diez años que se alza en una esquina de la plaza de las Bernardas, la más próxima al torreón del Tenorio del palacio Arzobispal, donde vino al mundo en 1485. El artista grancanario Manolo González Muñoz creó en bronce esta imagen de la quinta hija de los Reyes Católicos, representada en su mocedad, con el porte distinguido e ilustrado de una princesa renacentista, ignorante aún del amargo destino que le habían adjudicado sus padres como reina de Inglaterra, aunque victorioso al cabo, al menos en lo que tenía que ver con su dignidad como mujer y su compromiso como estadista.

La infanta Catalina, antes de convertirse en reina de Inglaterra, en la plaza de las Bernardas.
Y hablando de victorias, nada más acertado que apostar por los clásicos y saludar la entrada al Campus por el puente de la Ciudad del Aire con la imponente y misteriosa mujer alada y descabezada conocida como Victoria de Samotracia. Aunque solo se trata de una copia en resina y a tamaño real de la reina del Louvre, con permiso de la Gioconda, da gusto toparse con su poderosa estampa, el broche a un paseo por esta particular serie femenina, compuesta por una comunidad de mujeres luchadoras y heroicas.

Todo un contraste con el esperpento que ha convertido Alcalá en el hazmerreír de toda España, a cuenta de la fiesta con stripper organizada y consentida en unas instalaciones municipales. Un escándalo que, por otra parte y a más inri en mitad de las celebraciones por el Día de la Mujer, ha solapado una historia de valentía y generosidad insuperables protagonizado por una alcalaína, la comandante médico Montserrat Martínez Roldán, que ha inspirado a uno de los personajes de la película Zona hostil.

Lástima que al menos las mujeres con poder institucional en Alcalá no hayan levantado la voz mucho más, y por encima de la conveniencia política, para condenar y repudiar a los ceporros responsables en el primer caso; y ensalzar y promocionar como se debe, en el segundo, a toda una heroina local, como un modelo cívico a seguir. Y no es consuelo que nos queden a mano, y a perpetuidad, esos gritos de piedra y metal con forma de mujer que asoman por nuestro callejero.  

martes, 7 de marzo de 2017

¿Quién ayuda a desenterrar la Alcalá del Cerro del Viso?

En la meseta que corona el cerro de San Juan del Viso. o del Zulema, se esconden los orígenes de Alcalá de Henares. Allí, según una de las muchas leyendas que tanto han arraigado en ese paraje, fundaron unos hoplitas que llegaron huyendo de la guerra de Troya la mítica Iplacea; luego los carpetanos construyeron un castro y por último los romanos crearon un primer asentamiento del que se tenía noticia hace algunas décadas pero del que apenas se poseían datos fiables. Una concienzuda investigación reveló hace pocos años la traza de esta primera Complutum, una ciudad en toda regla.

Aspecto de la parte de la meseta que remata el Cerro del Viso donde se asienta la ciudad (extraída de primitivacomplutum.com)
La arqueóloga alcalaína Sandra Azcárraga no podía imaginar que la recta final de los trabajos para su tesis doctoral, consagrada al paso de la Edad del Hierro al mundo romano en nuestra comarca y a los que dedicó más de cinco años (fue publicada en 2015), le reservaba la mayor sorpresa de su aún incipiente carrera. Analizando al detalle unas fotografías del Cerro el Viso realizadas por el satélite comenzó a descubrir  en los campos de cereal crecido los contornos y las hechuras de estancias, edificios y calles que sólo podía corresponder a la primera ciudad romana de la vega del Henares y de la Comunidad de Madrid, la ‘Complutum vieja’, fundada hace más de 2.000 años. Ante sus ojos se fueron  dibujando los contornos de una ciudad del periodo republicano, que en la historia de Roma abarca del siglo VI al I a.C.; la primera evidencia de la Alcalá más antigua que se conoce.

En el otoño de 2011, en el marco de un congreso sobre arqueología madrileña celebrado en el Museo Arqueológico Regional de Alcalá, Azcárraga informó de su hallazgo, con una entusiasta acogida por parte de la comunidad científica. La Dirección General de Patrimonio Histórico quedó entonces en valorar el proyecto de exploración sobre el terreno de la ‘Complutum de arriba’, que elaboró Azcárraga junto a dos colegas, Arturo Ruiz-Taboada y Germán Rodríguez Martín. Pero apenas se han producido avances hasta ahora, lo que ha impulsado a Azcárraga y sus compañeros a buscar ayudas y mecenas para proseguir las investigaciones a través de una completa web: www.primitivacomplutum.org.

Traza de la ciudad, a partir de las imágenes del satélite (primitivacomplutum.org)
No será, en cualquier caso, una tarea fácil. Aparte de las trabas administrativas que presenta el acceso al terreno, en el término municipal de Villalbilla y propiedad de un particular, la urbe enterrada en la planicie que remata el cerro es mucho mayor de lo imaginado. Según los primeros cálculos, pudo tener más de un kilómetro de largo y más de 300 metros de ancho, con origen en un campamento romano cuyo contorno también se ha identificado, vecino del primitivo casto carpetano. A lo largo del terreno se han podido apreciar las siluetas de casas, de un posible teatro y de un templo, entre otras construcciones; todo asentado a partir de la equilibrada traza urbana en forma de cuadrícula típica de la civilización romana.

Se trata, en fin, de una de las ciudades romanas más antiguas del centro de España, pues se gestó durante el siglo I a.C. Al siglo siguiente, ya en nuestra era, la Complutum de arriba comenzó a trasladarse a la vega para estar más próxima al río, a los campos de cultivo y a las vías de comunicación. Y el traslado incluyó el de las piedras y todo lo que pudiera servir como material constructivo en la nueva Complutum. De ahí que apenas hayan quedado edificaciones en pie en el cerro, aparte del expolio posterior. Pero el ‘esqueleto’ de la ciudad sigue allí en lo alto, esperando a los expertos, bajo el manto protector de la tierra. De momento.

martes, 28 de febrero de 2017

Cervantes vuelve a descansar en paz

Hace veinte años por estas fechas el Ayuntamiento de Alcalá de Henares hacía esfuerzos voluntariosos por convencer a las autoridades regionales y nacionales de que debían apoyar con dinero y actividades culturales la conmemoración el 450 aniversario del nacimiento de Miguel de Cervantes. En aquel sombrío invierno de 1997, aquella petición algo forzada, pues el cumpleaños era más ovalado que redondo, resultaba más desesperada que ingenua. La ciudad acababa de librarse de la epidemia de legionela más mortífera de la historia de nuestro país, con una docena de muertos, cerca de 200 afectados y un tercio de la ciudad literalmente en cuarentena; y el foco de la corrupción también nos había puesto en el mapa con el conocido como 'caso Ferrer', una trama de cobro de comisiones ilegales que enredaba al mismísimo alcalde, Florencio Campos.


Ante aquel desolador panorama, trufado por un cortejo interminable de desgracias cotidianas, en forma de accidentes mortales, homicidios, cierre de empresas y problemas vecinales en los barrios, aquel 'Año Cervantes' y un proyecto impulsado por la Universidad y que sonaba tan disparatado como pedirle a la Unesco el título de Patrimonio de la Humanidad para el Alcalá universitario, se perfilaban como verdaderas tablas de salvación. O sea, la historia y el arte como las nobles herramientas para darle un nombre a Alcalá en España y en el mundo y, de paso, una vía alternativa de prosperidad para los alcalaínos. Y por ahí, Cervantes, el viejo Cervantes, tenía que ser la llave que abriera puertas y ventanas, y el embajador inmejorable para lanzarse al orbe, aprovechando la potencia mediática que ejercen las efemérides.

Desde entonces, ese anhelo se ha convertido en una prioridad, al menos de boquilla y en papel, de los munícipes y próceres locales. Pero aquella primera intentona apenas pasó de una ilusión, a ojos de hoy, muy entrañable. El Gobierno regional, con Gallardón y el consejero Villapalos a la cabeza, se limitaron a prometer sin cumplir; y el Ministerio de Educación Cultura, con la ínclita Esperanza Aguirre al frente, qué ironía, ni se molestó en hacer caso. La celebración dejó, no obstante, dos herencias muy provechosas: por un lado, la celebración a lo grande del 9 de octubre, una fecha festiva que ya no pasa desapercibida en el almanaque complutense, aunque algo aplastada ya por Mercado Cervantino que todo el mundo llama Mercado Medieval; y por otro, la concurrida Biblioteca Municipal Cardenal Cisneros, la angulosa mole que acoge también la hemeroteca y el archivo municipales y cuyo estreno fue vinculado oportunamente a la conmemoración, aunque estaba proyectada de antes.

Se dijo entonces que en 2005, el año en que se celebrarían los cuatrocientos años de la publicación del Quijote, otro gallo cantaría. Y en efecto, así fue. Aunque más que canto, sonó a graznido estruendoso.

El Corral de Alcalá, construido en 1601, se reabrió restaurado en la primavera de 2005,
en el marco del 'Año Quijote' (foto extraída de www.corraldealcala.es)
La celebración, esta vez sí, tuvo alcance nacional pero el Ministerio de Cultura volvió a darle la espalda a Alcalá, favoreciendo a otros enclaves, especialmente en La Mancha. Todo lo contrario que el Gobierno regional, entonces comandado por Esperanza Aguirre, mira por donde. Pero la programación de exposiciones, espectáculos variados, publicaciones y demás jarana resultó tan desproporcionada, que más bien produjo empacho y cierta sensación de estar asistiendo a una impostura. Porque era difícil tragarse que se estaba divulgando la obra y el espíritu cervantino lo mismo en un concierto de Carlinhos Brown, en una concentración de autocaravanas en un páramo de Espartales o en un concurso de migas; que en el divertido montaje del Quijote que Boadella estrenó con Els Joglars en el Teatro Salón Cevantes; en las magníficas exposiciones que José Manuel Lucía comisarió en la Capilla del Oidor (aún no convertida en el lúgubre centro de interpretación ‘Los Universos de Cervantes’), o en la reapertura al fin, y con cartelera de espectáculos propia, del Corral de Comedias, de construcción contemporánea a la de los delirios de Alonso Quijano.

La recuperación de la hermosa bombonera de la plaza de Cervantes fue, casi con toda seguridad, lo único que a la larga mereció la pena de aquel ‘Año Quijote’ que, también ya entonces se anunciaba, disfrutaría de nuevas cimas en 2015 y 2016, en que se conmemorarían la segunda parte del Quijote y la muerte del escritor, respectivamente.

Nadie podía imaginar hace una década que estos nuevos ‘años cervantinos’ coincidirían con cambios en el gobierno de la ciudad y con una interinidad prolongada en el poder ejecutivo del Estado, así como con una devastadora crisis económica. Pero a pesar de estas coyunturas se hizo un esfuerzo, más aparente que real, visto lo que ha venido, y se diseñaron programas de actividades que, en el caso de Alcalá, podían tener mecenazgo privado merced a ventajas fiscales permitidas por la Hacienda pública, siguiendo el modelo del exitoso ‘Año Greco’ de Toledo.

La agenda de eventos y proyectos presentada hace algo más de un año por el Ayuntamiento, sin embargo, no llegó a desarrollarse en su totalidad, siendo imposible saber su plasmación exacta, y en consecuencia el alcance de la tomadura de pelo, porque es muy difícil encontrarla a día de hoy. Aunque al menos en teoría la celebración no acaba hasta el próximo 23 de abril, según ha manifestado el alcalde en repetidas ocasiones, de modo que todavía existe la posibilidad de encontrar algo distinto a lo que han sido todas las celebraciones cervantinas de Alcalá en estos veinte años: efímeras, de consumo casi exclusivamente local y entreveradas con más de un disparate.

Estatua dedicada a Astrana Marín (foto de José Carlos Canalda, -www.jccanalda.es)
En ese último terreno, y para el anecdotario, ya es casi una tradición en los ‘años cervantes’ alcalaínos señalar la conmemoración con aberraciones en la estatuaria pública. En el 97 fue el bloque dedicado al cervantista Astrana Marín, conocido popularmente como ‘lubina a la sal’, oculto sabiamente desde hace algunos años, en un parterre de la calle Colegios; en 2005 fue el poste con aire metálico de Quijote plantado en la rotonda de San Isidro en plan Ultimátum a la Tierra; y en 2016 ese ancla abandonada como el despojo de un naufragio en la avenida de Meco, evocando la batalla de Lepanto, que resulta tan propia al lugar, según un buen amigo, como la moto de agua varada en mitad de una plaza de aluvión en la película Barrio de León de Aranoa.

Pero ya está cerca el momento en que todo habrá pasado y por delante vendrán muchos años de descanso sin efemérides cervantinas. Ya no hará faltan más alardes fatuos ni más mentiras, ni tampoco más derroches del presupuesto, para vender el símbolo de Cervantes con la justificación de la legítima redención de su patria chica por la vía de la educación y la cultura. Nada hay más ajeno a estas dos materias que los fuegos artificiales; al igual que lo son el trabajo callado y tenaz, el consenso y las inversiones a largo plazo a los políticos de todos los colores. Y además tampoco existe una movilización vecinal clamando por más libros, por teatro, por buenas conferencias, por el mejor cine... Así que, aquí paz y después…

En 2047 se cumplirá el medio milenio del nacimiento de Miguel de Cervantes. Con que exista para entonces una comuna de hombres y mujeres-libro al estilo Farenheit 451 al otro lado del río ya nos podremos dar con un canto en los dientes.

jueves, 19 de enero de 2017

El Museo de la Ciudad en la Ciudad del Museo

El activo, tenaz e imprescindible Grupo en Defensa del Patrimonio Complutense ha impulsado una campaña de recogida de firmas con vistas a levantar un Museo de la Ciudad en el ruinoso edificio de La Galera. Los dos pájaros que se tratan de matar con el mismo tiro son viejos y en cierto modo indispensables.

Aspecto del edificio de La Galera, desde el ArchivoGeneral de la Administración (foto: Grupo en Defensa del Patrimonio Complutense).
En el caso del desvencijado caserón, hasta no hace demasiado aún lucía en la entrada de su fachada de película de terror un desteñido cartel que anunciaba la construcción de una residencia universitaria. En su estado casi terminal, cualquier uso que lo salve será bienvenido. En cuanto al museo, ha sido adorno de casi todos los programas electorales de los partidos desde la llegada de la democracia. Una promesa incumplida, empeorada a su vez por la materialización de otros proyectos museísticos -y otros que no pero que aún rondan como fantasmas-, que han formado una extraña y disparatada maraña hasta convertirse en un tapón.

De la idoneidad de dedicarle un museo a más de veinte siglos de historia nadie puede dudar. Ya quisieran muchas urbes disponer de la privilegiada mina que representa la secuencia cronólogica de las huellas prehistóricas de los cerros y las riberas del río y la divina Compluto, la refundación mítica a lo Rómulo y Remo a partir del martirio de los Santos Niños, la villa visigoda y el castillo árabe sobre el río, el solar de las tres religiones y el barrio universitario con traza renacentista, la 'Pequeña Roma', el teatro y los maestros del Siglo de Oro, la decadencia tras el cierre de la Universidad y la ciudad cuartel, la guerra civil y la resurrección urbana y cultural; además de los universos aparte que representan Cisneros, Cervantes y Azaña.

El Museo de Arte Iberoamericano de la Universidad de Alcalá, el último museo inaugurado en la ciudad.
Por no hablar del juego que dan el acervo de antiquísimas tradiciones populares, el pasado ganadero y agrícola ligado a una geografía marcado por los cruces de caminos y la feraz vega del Henares, el patrimonio industrial o los estrechos vínculos con los albores de dos grandes avances de la modernidad en nuestro país: el ferrocarril y la aviación.

Sin concretarse nunca el proyecto y los contenidos, el Museo de la Ciudad  ha llegado a contar en los últimos años incluso con dos propuestas de emplazamiento: el hospital de San Lucas y los Cuarteles. Y por ahí bien se puede acceder a este raro laberinto de los museos alcalaínos.

Al viejo hospital, también conocido como palacio de los Casado, cerrado a cal y canto y pendiente de una restauración definitiva, se le han asignado otros usos museísticos desde que fue adquirido por el Ayuntamiento en tiempos del alcalde Peinado. Fue propuesto también, por ejemplo, para acoger un Museo de la Lengua cuando aún estaba caliente la declaración de Patrimonio de la Humanidad.Y más recientemente -o no tanto, pues el convenio se firmó hace siete años- para acoger el Museo de los Madrazo, después de que la Comunidad de Madrid le cediera al Ayuntamiento una colección de pinturas del siglo XIX pertenecientes a esta célebre estirpe de artistas.

Este Museo Madrazo es uno de esos proyectos espectrales que de vez en cuando asoman, si bien cada vez menos. Como también sucede en el espacio museístico de los antiguos Cuarteles, donde el Museo de la Ciudad compitió con otras ideas, como la de un Museo de la Brigada Paracaidista, aunque el exalcalde Bello se empeñó en colocarlo hace ahora dos años en unos locales municipales vecinos de la Casa de la Entrevista; o en tiempos un Museo Thyssen 'B', con obras secundarias de la famosísima pinacoteca, que incluso motivó una visita de la baronesa pero que no llegó a cuajar por razones nunca bien aclaradas. Sea como fuere, la Universidad ha zanjado la cuestión inaugurando el pasado otoño en los salones consagrados a este menester, dentro de la crujía de su gran biblioteca, un Museo de Arte Iberoamericano.

Aspecto del Centro de Interpretación Burgo de Santiuste, en la calle Cardenal Sandoval y Rojas.
Pero para fantasmas, el de Museo José Caballero. La colección de pintura y otras pertenencias que este pintor onubense amigo de los literatos de la Generación del 27 y de las Vanguardias quiso dejar a Alcalá, de la que fue vecino en los últimos años de su vida, dio lugar a un proyecto de museo y fundación que fue dando tumbos durante lustros. En su nombre incluso se materializó lo más difícil y costoso: la restauración y adecuación del antiguo Hospital de Santa María la Rica. Pero ni por esas el museo salió adelante, al parecer por desacuerdos con la viuda del artista, aunque al menos el edificio disfruta de una intensa actividad pública como el principal centro municipal de cultura. Eso sí, a la hora de hablar de arte contemporáneo en Alcalá, hay que citar siempre el museo más público y más desconocido a su vez: el de esculturas al aire libre en la Vía Complutense. Inaugurada en el verano de 1993 con la ínfula de llegar a ser el más grande de Europa, hoy es una entrañable extravagancia amenazada permanentemente por los vándalos.

Para terminar con las fantasmagorías, es inevitable mencionar a Manuel Azaña, de cuya fatigosa reivindicación forma parte la idea de dedicarle un museo. Y para su ubicación se barajaron lugares como su propia casa natal, el edificio municipal de los Capuchinos en la calle Santiago, la Casa de los Lizana o incluso el viejo cuartel de Sementales. También tiene pendiente Cisneros un espacio propio, aunque oficialmente ya cuenta con él en el viejo Hotel Laredo. Acaso en este año de centenario se pongan las bases para consagrarle el santuario divulgativo que se merece. Más difícil es verle un final cercano al Museo de la Moto, un proyecto alumbrado a raíz de la colaboración de un coleccionista privado, con la idea de ubicarlo en el histórico edificio de la vieja factoría Gal -donde casualmente existió durante años un coqueto Museo del Perfume-, pero del que no hay noticias ni tampoco se esperan. Y eso que cuenta con su propia web donde consultar todos los detalles.

En este laberinto también están enredados los museos más grandes y exitosos de la ciudad. El Museo Arqueológico Regional, uno de los más hermosos y pujantes en su género dentro de nuestro país, está pendiente de la ampliación a la vieja Comisaría. Pero al mismo tiempo está en proyecto la titulada Casa del Arqueólogo en las ruinas del antiguo Palacio Arzobispal, así como un parque arqueológico en la vieja Complutum que algún año de este siglo habrá de despegar. Y como satélites rondan el Antiquarium de la muralla, el Centro de Interpretación Burgo de Santiuste y el museo diocesano en el claustro de la Catedral.

El Museo Casa Natal de Cervantes sigue siendo el más visitado de Alcalá y uno de los más solicitados de la Comunidad de Madrid.
Y en cuanto al Museo Casa Natal de Cervantes, cuyo sesenta aniversario se celebró el pasado otoño, disfrutando de una salud envidiable, cuenta desde hace una década con la 'competencia' del Centro de Interpretación 'Los Universos de Cervantes' en la Capilla del Oidor. Nunca se justificó con claridad por qué se sacrificó una de las salas de exposiciones con más encanto de la Comunidad de Madrid para colocar este Museo Cervantes 'B'. Ni tampoco lo ha justificado la altura y calidad de las exposiciones y eventos que ha cobijado desde entonces. Ni siquiera se ha utilizado el pasado 'Año Cervantes' para relanzar esta sala. Aunque el actual alcalde siempre dice que esta conmemoración dura hasta abril de este año, de modo que todavía podríamos llevarnos una sorpresa.

La cuestión, en fin, es que unas veces la necesidad, muchas otras el oportunismo interesado y siempre la ausencia de planificación, con consenso institucional y político, criterio especialista y buen gusto, han provocado este caótico panorama. Y se da así la paradoja, o más exactamente la parajoda, de que cuesta horrores encontrarle acomodo al que sería un útil y espléndido Museo de la Ciudad en esta verdadera Ciudad del Museo.

martes, 10 de enero de 2017

Azaña, el hombre con sombra

Manuel Azaña Díaz, el político y escritor alcalaíno que llegó a presidente de la Segunda República, cumple 137 años este 10 de enero, un aniversario que pasará tan desapercibido como siempre en su ciudad y en el resto del país, salvando felices excepciones, como el puntual y elocuente homenaje que el editor y erudito literario Vicente Alberto Serrano le suele dedicar. Su vida, su pensamiento y su obra, sin embargo, no dejan de despertar interés; especialmente tras la publicación de sus segundas y definitivas Obras Completas hace ya casi una década, al cuidado del historiador Santos Juliá, que permitieron saber más de una personalidad tan lúcida como desolada.

Manuel Azaña, de niño (extraída de 'Azaña, memoria gráfica. 1880-1940)
 Como cuando una sirvienta despertó al niño Manuel Azaña una madrugada. Tenía 9 años. Le espabiló a duras penas y le condujo por pasillos y escaleras del caserón familiar de la calle de la Imagen, hasta el dormitorio de su madre, Josefa, que agonizaba. Ella le abrió los brazos y el niño se abalanzó y se sumergió entre ellos como "en un mar de amargura". "Algo se rompió en mí que ya no nacerá jamás". Con estas palabras pero con otra identidad describió muchos años después el adulto Azaña la muerte de su madre. Fue en La vocación de Jerónimo Garcés, una novela de corte autobiográfico escrita en 1904 e incorporada a las citadas Obras Completas, que junto a otros documentos han permitido perfilar una imagen del estadista alcalaíno "que no tiene nada que ver con el estereotipo de hombre frío e insensible que siempre le persiguió", contó en su momento Juliá, subrayando además la importancia del lance traumático del temprano fallecimiento de su madre, que explica en buena medida "la tristeza que siempre le acompañó, así como la pena, la sensación de pérdida que siempre le asaltó cuando regresó a Alcalá".

La infancia de Azaña, que estudió junto a sus hermanos Gregorio, Carlos, Josefina y Concepción en el colegio de los Padres Escolapios, fue feliz y despreocupada, como hijo de buena familia que era, precisamente hasta la edad de 9 años. En 1889 se desató la calamidad al morir no solo su madre, sino también su abuelo. Y un año después la orfandad se completó con la muerte del padre, el célebre Esteban Azaña.

Arrastrando esa pesada sombra inició en 1893 un periplo de estudios por El Escorial, Zaragoza y Madrid que se orientaron a las leyes, doctorándose en 1900. Alternó algunas estancias en Alcalá, intentando sin mucho éxito dedicarse a los negocios familiares. Más fructífera fue su labor como periodista, participando en diversos periódicos locales y fundando con unos amigos, en 1910, la revista satírica La Avispa. Los inicios de su compromiso político también tuvieron como escenario su patria chica: el 4 de febrero de 1911 leyó en la Casa del Pueblo socialista la conferencia El problema español. Curiosamente, todas esas experiencias no hicieron más que alejarle de sus paisanos, que consideraban exagerada e inoportuna la acidez de sus críticas sociales y políticas.

En 1913 Azaña fue elegido secretario del Ateneo de Madrid e ingresó en el Partido Reformista, empezando así su relación con los cenáculos de la intelectualidad española. Él mismo se encargó de presentar su partido en Alcalá con un discurso que rescató Santos Juliá para las Obras Completas. En él se plama, según las palabras del historiador, "el proyecto de un liberal reformista y la quintaesencia de su pensamiento político", así como una defensa de la conquista democrática del poder sin revoluciones para "reformar a fondo no el gobierno sino la sociedad entera". Por último, el discurso incorpora un mensaje de Azaña a sus paisanos animándoles "a hacer política, algo que no estaba bien visto por entonces".

Bajo la dictadura de Primo de Rivera, abandonó el Partido Reformista y se declaró partidario de la república, fundando así el partido Acción Republicana en 1925. Paralelamente se consagró como autoridad literaria con la publicación de obras como El jardín de los frailes o Vida de Juan Valera, con la que conquistó el Premio Nacional de Literatura en 1926.

En 1930 accedió a la presidencia del Ateneo y se sumó al Pacto de San Sebastián contra la Monarquía. Al proclamarse la República el 14 de abril de 1931, Azaña entró a formar parte del gobierno provisional como ministro de Guerra. Intervino en las Cortes Constituyentes y asumió la presidencia del Consejo de Ministros cuando Alcalá Zamora dejó el gabinete. Como jefe de un gobierno formado por socialistas y republicanos de izquierdas, entre 1931 y 1933, impulso un ambicioso plan de reformas que no convenció a nadie: los conservadores lo consideraron excesivo y las fuerza de izquierdas insuficiente.

Azaña con su mujer, Dolores de Rivas, a finales de los años 20 (archivo familiar).

En 1934 fusionó su partido con los radicales, naciendo Izquierda Republicana, que a su vez se integró en el Frente Popular que ganó las elecciones del 36. El 10 de mayo fue elegido presidente de la República y dos meses después estalló la Guerra Civil. Tras varios intentos infructuosos de parar la contienda, el 30 de enero de 1939 se acordó su salida a Francia. El 5 de febrero cruzó la raya francesa.

Un año más tarde, en febrero de 1940, se le declaró una enfermedad de corazón y tras pequeñas estancias en diversas localidades, y con el acoso de la Gestapo y de agentes enviados por Franco en la Francia ocupada por los nazis, Azaña y su mujer, Dolores de Rivas Cheriff, quedaron recluidos y aislados en el pequeño municipio de Montauban. Allí murió y fue enterrado entre un grupo reducido de amigos y familiares y con el único amparo institucional de la embajada de México. El próximo 3 de noviembre se cumplirán 77 años.

Cuesta creer que en aquella hora fatal el anciano que fue niño en la calle de la Imagen echara de menos el "sol de la infancia" al que regresó antes de su último suspiro su compañero de exilio Antonio Machado. "El pueblecito me parece más triste, más pobre, abandonado como nunca lo estuvo...", dejó escrito en su diario tras su última visita a Alcalá en noviembre de 1937, ante la sombría visión de los edificios bombardeados, los soldados desfilando por las calles principales y atravesado por la mirada del paisanaje. Entonces la masa le consideraba un indeseable. Hoy es un extraño de puro desconocido.