viernes, 6 de octubre de 2017

San Cervantes, el olvidado patrón del Mercado

Aplastada por el alboroto y las multitudes del Mercado Cervantino que todo el mundo conoce como Mercado Medieval, la celebración que da sentido a este evento es, en realidad, la fiesta cultural más antigua, y con más aspiraciones universales, de Alcalá: el 9 de octubre, día de Cervantes, o San Cervantes para los más guasones, y fastidio de no pocos paisanos.

El actor Luis María García se ha convertido en el símbolo del mercado con su impresionante encarnación de don Quijote.
La conmemoración del día en que Miguel, el cuarto hijo de Leonor de Cortinas y cirujano Rodrigo de Cervantes, recibió las aguas del bautismo en la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá, el 9 de octubre de 1547, se transformó en jornada  grande para los alcalaínos tres siglos después. Aquel bebé se convirtió pasados los siglos en el autor de El Quijote y elevado a símbolo máximo de la cultura española. Y aunque apenas vivió en Alcalá los tres primeros años de su vida y se perdió todo recuerdo de sus orígenes complutenses, el erudito benedictino fray Martín Sarmiento dio la primera pista de ello en 1752, y poco después se encontró la partida bautismal. A partir de entonces, las autoridades locales buscaron la manera de honrar la memoria de su hijo más preclaro. Y una de ellas fue festejar la fecha del 9 de octubre, según decidió el ayuntamiento en la primavera de 1862, siendo por tanto la celebración cultural con más solera en Alcalá.

En concreto, los ediles acordaron en pleno el primero de mayo de 1862  “que para lo sucesivo se celebre el natalicio de Cervantes, el día nueve de octubre de cada año, con iluminación, colgaduras y demás festejos públicos que se creyesen convenientes según las circunstancias”, por ignorarse la fecha de nacimiento del escritor y ser esa la única referencia temporal de la que se tenía certeza documentada y absoluta de su llegada al mundo.

La placa que durante décadas señaló la falsa casa de Cervantes en una tapia del solar que hoy ocupa el Teatro Salón Cervantes.
De hecho, desde algunos años antes ya se tomaba como medida el 9 de octubre para convocar algunos homenajes cervantinos. Por ejemplo, en 1846 se estrenó el cambio de nombre de la calle de la Tahona por el de Cervantes, al existir la “vaga tradición” de que allí estuvo la casa natal del escritor; en concreto en la huerta del convento de Capuchinos, solar que hoy ocupa el Teatro Salón Cervantes. Hasta 1941 no se hallaría la morada auténtica.

Para entonces el 9 de octubre ya era ocasión de veladas de música, teatro, lecturas o actos sociales en honor de Cervantes. También se convirtió en la jornada señalada para los grandes fastos en recuerdo del escritor y su obra. El primero importante fue en 1879: aquel 9 de octubre se inauguró la estatua de Cervantes en la plaza mayor alcalaína, obra de Carlos Nicoli; la misma, o parecida, que reclamó la setenta años antes el denostado José Bonaparte, al echar de menos una efigie del Príncipe de los Ingenios en una visita a su patria chica.

En 1905 se conmemoró el tercer centenario de El Quijote, pero las celebraciones se concentraron en la primavera. Más protagonismo se le pensaba dar al 9 de octubre de 1916, año del tercer centenario de la segunda parte de la novela y de la muerte de Cervantes, pero el estallido de la Primera Guerra Mundial dos años antes desbarató todos los planes.

En Alcalá se despositaron muchas esperanzas en aquellas efemérides, como hito para que la ciudad fuese escenario de grandes actos culturales y se impulsara al fin el viejo proyecto de construir un gran museo y biblioteca cervantinos, pero ni el ayuntamiento ni el Gobierno central dispusieron de recursos.

Hubo que esperar a otra efemérides, el cuarto centenario del nacimiento de Cervantes en 1947, para que el octubre cervantino volviera a brillar. El mismísimo general Franco presidió la ceremonia principal, en vísperas del día 9, que incluyeron la reapertura de la capilla del Oidor, única estancia salvable de Santa María, incendiada por los milicianos y bombardeada por los nacionales durante la guerra; y la presentación de la réplica de la pila bautismal de Cervantes, con trozos de la original incrustados.

Corresponsales extranjeros en la guerra civil española fotografiándose junto a la estatua de Cervantes. Al fondo se recortan las ruinas de la iglesia de Santa María la Mayor, incendiada y bombardeada.
Más repercusión aún tuvo el 9 de octubre de 1956 enmarcado en las celebraciones del Día de la Provincia. En los días anteriores, y entre otros eventos,  se inauguró al fin el Museo Casa Natal de Cervantes, quince años después de que el cervantista Astrana Marín hallara las pruebas documentales que la ubicaban en la calle de la Imagen.

Pasó casi un cuarto de siglo hasta encontrar otro 9 de octubre relevante. Tras la irrupción de la primera corporación municipal democrática, en 1980 se decretaron los festivos locales de Alcalá, que quedaron emplazados en el 6 de agosto, fiesta de los patronos Justo y Pastor, y el día del bautismo de Cervantes. Fue a partir de entonces cuando comenzó a ser conocida popularmente esta fecha como el “San Cervantes”, por aquello de que las fiestas locales suelen coincidir con días de santos, y por ponerle un poco de sorna, aunque sin propósito de ofender, pues esta denominación, como se decía al principio, no es del gusto de muchos vecinos, que no comulgan con la idea de la santidad civil.

Al calor de la festividad local, los actos sociales y culturales no han hecho más que crecer, a pesar de que muchos alcalaínos que trabajan o estudian en Madrid no puedan disfrutarla plenamente. Pero fue en 1999 cuando se registró la novedad más revolucionaria en torno a la celebración de la fecha: ese 9 de octubre se inauguró un mercadillo de época en la plaza de Cervantes, que siguió celebrándose en los años siguientes ocupando cada vez más calles del centro histórico, y con nombres variados -Barroco, Siglo de Oro, Quijote...- hasta convertirse en el abrumador Mercado Cervantino de hoy en día.

Y será este acontecimiento de ocio el que siga marcando la senda festiva del 9 de octubre. O de 29 de septiembre, pues según dejó sentado en 2008 el Cronista Oficial de la Ciudad, Vicente Sánchez Moltó, a través de una concienzuda investigación del libro de bautismos y otros documentos de la época, fue la fecha segura, y no solo más probable, del nacimiento de Miguel de Cervantes. Pero tendría que ser el Ayuntamiento el que, a nivel oficial, debería cambiarlo, aunque no parece que esté por la labor. El objetivo ahora es conseguir la declaración de fiesta de interés nacional para el Mercado, donde está sepultado, más que incluido, el centenario San Cervantes.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La noche que tembló Alcalá


Fueron dos explosiones consecutivas y brutales; el suelo se estremeció y las luces se apagaron; cristales y cascotes empezaron a llover desde las fachadas de los edificios, y una nube de polvo barrió la ciudad. A algo más de un kilómetro de la plaza de Cervantes, cerca del viejo puente medieval del Zulema, un cráter entre fuego, humo y barro fue todo lo que quedó de un montículo en cuyo interior  se guardaba un arsenal militar.

Estado en el que quedó la venta y los alrededores del polvorín tras la explosión
Ocurrió la noche del sábado 6 de septiembre de 1947, hace pues 70 años. Solo los más mayores recuerdan esta tragedia, cuyo rastro de muertos, heridos y destrozos materiales dejó conmocionada durante años a lo que, por aquel entonces, era una pequeña ciudad. Para refrescarlo y darlo a conocer a las nuevas generaciones, el colectivo cívico Foro del Henares promovió hace ocho años la publicación del libro La explosión del polvorín de Alcalá de Henares, obra de los historiadores Alejandro Remeseiro y Julián Vadillo, y reclamó a las fuerzas políticas locales que impulsaran algún tipo de recuerdo municipal de las víctimas y de los represaliados de aquel suceso que comenzó una tibia velada de sábado hace siete décadas. Con un monumento y la reedición del libro de antes citado se ha dado respuesta ahora a esa petición de memoria para una calamidad que solo el fatídico11-M puede igualar en impacto.

Recién concluidas las Ferias, en aquella noche de final de verano casi todo el mundo estaba en la calle, tomando el fresco o paseando.Los relojes se pararon a las diez menos cuarto de la noche por dos truenos y un tremendo temblor de tierra. Ningún hogar ni establecimiento público de Alcalá se libró de la terrorífica sacudida, a la que siguió un apagón y una espesísima polvareda. El pánico se adueñó de la población, desconocedora aún que aquel terremoto tenía su epicentro al otro lado del río.

El polvorín construido una década antes en las entrañas de un montecito de apenas 50 metros de altura, ubicado a las espaldas del actual Centro de Artesanía, había estallado por causas desconocidas  escupiendo al aire cientos de miles de metros cúbicos de tierra. En pocos minutos  llegó a las calles de Alcalá el colosal hongo de polvo levantado por la deflagración. De la violencia de ésta no se salvó la fábrica Río Cerámica, vecina del polvorín, que quedó completamente arrasada;  ni el viejo puente del cardenal Tenorio;  ni la popular venta de Camacho. El temblor de la explosión se llegó a sentir a más de cincuenta kilómetros, especialmente hacia el sur, en la otra orilla del Henares. Se dijo entonces que el río salvó a la ciudad de una destrucción mayor al absorber buena parte de la onda expansiva.

En la más absoluta oscuridad y con el terror haciendo presa de los vecinos, en el Ayuntamiento  se montó un ‘gabinete de crisis' cerca de la medianoche. El alcalde accidental Félix Huerta Álvarez de Lara, que sustituía al regidor Lucas de Campo, de vacaciones, contactó con la autoridad militar para organizar la operación de salvamento en la ‘zona cero' del Zulema y atender a los heridos en la ciudad, alertándose a los hospitales de Madrid y de Guadalajara. Militares, personal municipal y voluntarios se acercaron hasta el polvorín, donde les dio el alto un centinela que salió milagrosamente indemne pidiéndoles fuera de sí el santo y seña.

La búsqueda de supervivientes y el rescate de cadáveres en lo que quedaba del polvorín y en el esqueleto ruinoso de la vecina fábrica, fueron muy dificultosos.  El polvo era cegador, se habían incendiado los restos de la fábrica por los hornos que ardían cuando se produjo la explosión y había que cruzar el río a pie por la destrucción del puente. El Teatro Salón Cervantes se convirtió en un hospital de campaña y los primeros bomberos llegaron de Madrid a primeras horas de la madrugada.

El 7 de septiembre Alcalá amaneció cubierta de polvo pero calmada. A media mañana logró recuperarse la línea telefónica y la oficina del telégrafo en la calle Santiago no dio abasto para atender la avalancha de mensajes de los vecinos deseosos de comunicar con el exterior para tranquilizar a amigos y familiares.

Poco a poco se fue haciendo recuento de víctimas y se cerró con la cifra de 24 muertos, entre soldados y trabajadores de la cerámica, y un número indeterminado de heridos. La ciudadanía se volcó con los damnificados y el funeral de los fallecidos, al que acudieron las autoridades políticas y religiosas de la capital, con el ministro de Gobernación a la cabeza, fue multitudinario.

De inmediato comenzó la investigación del siniestro y, en paralelo, la ‘caza’ de culpables. Aunque nunca se llegó a saber con certeza cómo se produjo la explosión,  todos los indicios apuntaban a las deficientes instalaciones y al mal estado de la pólvora almacenada en el polvorín. Los jueves militares que instruyeron la causa no los tuvieron presentes y se acogieron exclusivamente  a la teoría del sabotaje organizado por una célula izquierdista. De esta manera, con ninguna prueba inculpatoria, fueron detenidas  24 personas, todos obreros, la mayoría de Alcalá y con antecedentes de militancia comunista y socialista. Ocho de ellos fueron condenados a muerte y el resto padecieron severas penas de prisión.

El recuerdo del trágico destino de aquellos condenados, que se sumó al de las víctimas de la explosión, quedó desleído con el tiempo, excepción hecha de la memoria de los más mayores y el libro antes mencionado. En el lugar, no obstante, aún queda en pie parte del montículo y, hasta hace no mucho, la entrada a la galería del polvorín ubicada cerca de la cuesta del Zulema, la única que quedo en pie aquel sábado negro.

miércoles, 5 de julio de 2017

Un campo de concentración en la avenida de Meco

Hace unos días se conocía el hallazgo de un viejo artefacto explosivo cerca del parquecillo encajado entre la autovía, la Ciudad del Aire y la Base Militar Primo de Rivera. Fue Runa, una perra de la unidad canina de la Policía Militar, la que, en un paseo rutinario por los alrededores del acuartelamiento, alertó de la presencia de la bomba, semienterrada a pocos metros de un lugar al que suelen acudir vecinos y con mucho tráfico rodado. Avisados los TEDAX, se comprobó que se trataba de una granada anticarro de la Guerra Civil, lista para estallar por otra parte.
Una imagen del Centro de Instrucción de Reclutas (CIR) de la Base Primo de Rivera en los años 60 (postal extraída de la web del investigador local  José Carlos Canalda, www.jccanalda.es)
Ese descubrimiento evoca inevitablemente un tiempo de plomo en el que, antes de que la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial atormentara Londres, París, Berlín, Rotterdam, Cracovia o Dresde, Alcalá y los alcalaínos ya sufrían la espantosa experiencia de ver aviones de la Legión Condor surcar el cielo; de sufrir bombardeos calculados siguiendo las líneas rectas de la trama urbana; de buscar protección en refugios antiaéreos; de contemplar columnas de blindados cruzando las calles; de saberse rodeados de espías de potencias extranjeras, o de ser vecinos de un campo de concentración. Y éste último regresa a la memoria a raíz del hallazgo de esta granada, al igual que hace nueve años con la aparición de una fosa clandestina con restos óseos humanos en el recinto que acogió durante décadas a la Brigada Paracaidista. Porque precisamente muy cerca de esos parajes, hace casi 80 años, se llegaron a hacinar alrededor 15.000 combatientes de la Guerra Civil. Fue en el campo de concentración del Caño Gordo, también conocido como ‘El Manicomio’.

“Uno de los lados del campo se extendía a lo largo de la carretera de Meco. Allí nos encerraron como a corderillos en los apriscos, comíamos los coscurros de pan que por encima de las paredes del Manicomio nos arrojaban nuestras familias que nos apercibían de su llegada con los lloros…”. Así contaba Fernando Nacarino, histórico de la izquierda alcalaína, represaliado del régimen franquista y entrañable personaje del viejo Alcalá fallecido en 2007, su ingreso en el campo de concentración en el libro Nacarino. Historias de la guerra, de las cárceles de Alcalá…, obra del profesor y exconcejal Urbano Brihuega.

Los hechos que relata se sitúan en los primeros días de abril de 1939, una vez finalizada la guerra. El bando vencedor impuso entonces a todos los combatientes afectos a la República que se presentaran en el campo de concentración más próximo. Nacarino, como muchos otros soldados leales a la causa republicana, se personó en el Manicomio, un lugar de confinamiento que ya venía funcionando como campo de concentración desde hacía semanas, antes incluso de que las tropas franquistas hicieran su entrada en Alcalá el 28 de marzo de 1939. Cuando Naca llegó, en el campo no cabía un alfiler.


De la finca regada por el Caño Gordo al Psiquiátrico

La Base Primo de Rivera, emplazada hoy en día entre el parque Juan Pablo II del Ensanche, la Escuela Universitaria Cardenal Cisneros, la colonia Ciudad del Aire y la A-2, era en los años 30 del pasado siglo una finca de huertas y sembrados regados por un gran manantial llamado el Caño Gordo. Por ese nombre era conocido popularmente el lugar, en la ribera del camino a la vecina Meco y muy alejado entonces del centro de la ciudad. Los últimos caseríos se situaban por la actual calle Ferraz y prácticamente el casco urbano presentaba su límite por esa zona, a la altura del paso a nivel de la vía del tren ubicado en el lugar donde en el presente se levanta el puente de Meco, al lado del barrio de los Nogales.

Con la llegada de la República la bucólica estampa del Caño Gordo varió rápidamente al ser elegida la finca como solar para el Instituto Psiquiátrico Provincial. El 10 de diciembre de 1932 el mismísimo presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, acudió a Alcalá para colocar la primera piedra del que empezaría a llamarse de inmediato ‘El Manicomio’. El jefe del Estado estuvo acompañado en aquel acto por una comitiva de altura, que incluía al presidente del Gobierno, el complutense Manuel Azaña; el ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos; el doctor Gregorio Marañón, y, cómo no, el alcalde de la ciudad, por aquel entonces Juan Antonio Cumplido.

En los años siguientes, y aunque con constantes interrupciones por falta de presupuesto, se levantaron algunos pabellones y se valló el perímetro pero no llegó a entrar en funcionamiento. Así, con el psiquiátrico a medio hacer, estalló la guerra el 18 de julio de 1936. En Alcalá, plaza militar de postín desde el siglo XIX, algunos oficiales secundaron el golpe de estado contra el gobierno, pero apenas tres días después fueron reducidos por el resto de los destacamentos y por las milicias alineados con la República.
Milicianos llegando a la plaza de Cervantes en julio de 1936..
A partir de ese momento, la ciudad se convirtió en un baluarte estratégico del Ejército republicano. A las unidades militares asentadas ya en suelo alcalaíno, se unieron nuevas tropas a las que hubo que acantonar a la carrera mientras avanzaba la guerra. Por ejemplo, la 46 División al mando de Valentín González ‘El Campesino’, uno de los militares más conocidos del bando republicano. La morada que se le destinó fue el Manicomio, donde quedaron alojados más de 5.000 soldados, que además se hallaba muy cerca del aeródromo donde actualmente se asienta el Campus externo [el Grupo en Defensa del Patrimonio Complutense tiene elaborada una detallada guía sobe este recinto del que aún quedan muchas huellas sobre el terreno]. ‘El Campesino’ y sus oficiales, no obstante, tuvieron su cuartel general entre el Convento de las Carmelitas de la Imagen y el Palacio de los Casado o antiguo Hospital de San Lucas.  Aunque el amigo José María San Luciano me señala que el "jefe", en particular, se buscó acomodo en la casa del político local Cayo del Campo, en la esquina de la calle del Ángel con la Vía Complutense.

Guerra dentro de la guerra

La improvisada base militar montada en el Caño Gordo se mantuvo activa durante toda la guerra, si bien a partir de 1938, y con los sucesivos e imparables avances de las tropas franquistas, fue perdiendo efectivos hasta quedar solo al cuidado de un pequeño retén de soldados.

En esta situación se hallaba en las últimas semanas del conflicto, ya en el año 39, cuando se produjo un nuevo golpe de mano de los militares dentro del bando republicano. El 26 de febrero el Reino Unido y Francia reconocieron a la junta militar de Burgos y un día después Azaña dimitió como presidente de la República. Solo los comunistas se negaron a reconocer la derrota y apostaron por resistir y continuar la contienda hasta que estallase la guerra en toda Europa.

El coronel Segismundo Casado, ayudado por la CNT y el dirigente socialista moderado Besteiro, decidió tomar el mando republicando rebelándose contra el Gobierno de Negrín y constituyendo el 5 de marzo el Consejo Nacional de Defensa para tratar de alcanzar una “paz honrosa” con Franco. Este pronunciamiento dio lugar a una guerra dentro de la guerra entre casadistas y comunistas que se desarrolló durante una semana en Madrid y sus alrededores en mitad de un caos fantasmagórico: el Estado ya no existía dentro del bando republicano, las órdenes entre militares, gobernantes y políticos se contradecían y se daba rienda suelta a no pocos desquites.

Las tropas del coronel alcanzaron una victoria pírrica en la batalla interna el 12 de marzo y desarmaron a miles de comunistas que se convirtieron en prisioneros a los que había que buscar centros de reclusión. Y es entonces cuando el Manicomio cambió su uso militar por el de campo de concentración.

En sus pabellones y barracones fueron alojados cerca de 15.000 prisioneros, pues las demás penitenciarías de Alcalá a tope: las ya existentes en el viejo Colegio de Santo Tomás y la prisión de mujeres de La Galera, más las improvisadas en las Agustinas y en Carmen Calzado.

Una ciudad prisión

En cuestión de días, por tanto, Alcalá había doblado prácticamente su población, lo cual provocó severos problemas de abastecimiento. La ciudad había sido duramente castigada a lo largo de toda la guerra y el asentamiento de esta desproporcionada comunidad reclusa condenó al resto de la población a sufrir la hambruna más cruda.
Soldados del Ejército Republicano desfilando por la calle Libreros en noviembre de 1937.
Pero los presos se llevaron la peor parte. Sin una autoridad clara y sin legalidad a la que atenerse en aquellos inciertos días, muchos de ellos pudieron ser objeto de represalias y ajustes de cuentas del campo, según la tesis de muchos investigadores. Puede ser, en consecuencia, que en aquellos días en los que agonizaba la República se produjeran ajusticiamientos sin control y que se abriera la mencionada fosa clandestina, descubierta en marzo de 2008 con ocasión de unas obras en el muro norte del recinto de la Base Primo de Rivera.

El mismo descontrol pero con más ansias de revancha existía cuando las tropas nacionales hicieron su entrada en Alcalá a los pocos días y se encontraron con miles de enemigos amontonados en el Manicomio. No los liberaron, por supuesto. Y fue en los días y semanas siguientes cuando algunos testigos dejaron dicho que se escucharon disparos casi a diario dentro de las tapias del Caño Gordo, lo que quizá también podría estar relacionado con la fosa, cuyos restos nunca se llegaron a identificar, o al menos de manera pública no se informó de ello, aunque sí se certificó que pertenecían a militares por los restos de ropas y enseres localizados junto a ellos.

Sea como fuere, los allí recluidos no solo tuvieron  que soportar el cautiverio en situación de hacinamiento, sin espacio, sin alimentos y sin agua corriente, a la espera de condenas de cárcel o de sentencias de muerte en firme; sino que además tuvieron que hacer sitio a nuevos prisioneros, a medida que se entregaban combatientes o eran detenidos los ‘desafectos’ al nuevo régimen; una situación que se alargó hasta el año 42. Naca fue uno de esos últimos inquilinos, según recordaba en el libro de Brihuega: “El Manicomio fue mi primera prisión al acabar la guerra. Estuve siete días incomunicado aunque en el mismo campo de concentración me enteré de la muerte de tres camaradas, a los tres le dieron ‘el paseo”.

Queda claro, en fin, que Runa desenterró mucho más que una granada anticarro.

miércoles, 31 de mayo de 2017

La ciudad del teatro en un teatro de ciudad

En el otoño de 2012 el prestigioso hispanista John Elliot, una autoridad mundial en la España moderna, recibió el doctorado Honoris Causa de la Universidad de Alcalá. Desde la cátedra del Paraninfo de la Cisneriana, ataviado con el birrete y la toga de rigor, recordó en el inicio de su parlamento la carta de un viajero portugués a un amigo, en los tiempos de Carlos V, contándole las maravillas que había encontrado en la villa universitaria concebida por Cisneros. Y en esa misiva le hablaba justamente de aquel lugar, el Paraninfo, como una estancia magnífica para cobijar actos públicos "y para representar comedias".

El Paraninfo también sirvió de teatro en los primeros tiempos cisnerianos. Y así imaginó que pudo ser la estancia más noble de la Universidad Jenaro Pérez Villaamil en una de las románticas estampas que realizó para el libro 'España artística y monumental' (1842).
Comedias se representaban, desde luego. La filóloga clásica y profesora de la UAH, María del Val Gago Saldaña, rescató a comienzos de esta década, en un trabajo que cosechó importantes reconocimientos, algunos de los textos de las comedias humanísticas que allí ponían en escena a mediados del siglo XVI  los alumnos del catedrático de Retórica, Juan Pérez, también conocido como Petreius o Petreyo. Los textos, escritos por el propio catedrático a partir de obras clásicas, estaban en latín, algunos de los argumentos resultaban de lo más atrevidos y se trataba de algo así como un lúdico examen fin de curso para el disfrute de toda la comunidad universitaria, que también podían tener como escenarios los recoletos patios de los colegios menores.

Salta a la vista, pues, que la tradición teatral alcalaína viene de muy lejos. Y  por consiguiente, si existe una población en Madrid que merece ser sede de un festival  teatral, esa es Alcalá, por delante incluso de la capital. Y así lo es desde hace 17 años, con Clásicos en Alcalá, una muestra de teatro, danza, música, espectáculos de calle y pasatiempos infantiles, pero también exposiciones, sesiones de cine y hasta degustaciones gastronómicas, inspirados en autores, obras y estéticas del canon que se considera clásico.

La Comunidad de Madrid respaldó y dio carácter regional a esta iniciativa,  que nació con el siglo, siendo alcalde el socialista Manuel Peinado, y con la colaboración decisiva de la desaparecida Fundación Cultural Diario de Alcalá, hasta convertirse en el evento que pone el pórtico a los festivales de verano en nuestro país. Y desde primera hora la celebración contó con el latiguillo de “Alcalá, la ciudad del teatro”. Aunque en verdad la ciudad no conoce hasta qué punto, material incluso y no solo abstracto, se trata de un lema de lo más auténtico y no puro marketing cultural.

Porque lo de Petreyo que rescató la profesora Gago Saldaña y lo del viajero portugués que recordaba el venerable hispanista británico constituyen solo un hito en una historia que se remonta a muchos siglos atrás. Si se terminan de confirmar vía excavaciones lo que descubrió la joven arqueóloga Sandra Azcárraga a través de fotografías aéreas,  hace 2.000 años ya pudo existir un teatro en la meseta del Zulema, en cuyo subsuelo reposa el esqueleto de la Complutum primitiva [ver en este blog la entrada ¿Quién ayuda a desenterrar la Alcalá del Cerro del Viso?].

Las ruinas de Complutum suelen acoger visitas teatralizadas, como las que se muestran en la imagen (foto www.arqueodidat.es)
Y si allá arriba sobre el cerro los complutenses pioneros en aquella población republicana ruda y defensiva ya disfrutaron de tragedias y comedias, no es descabellado pensar que los descendientes que ‘bajaron’ un siglo después a refundar la urbe a la vera del Henares mantuvieran la afición. En aquella Complutum del llano, refinada y cosmopolita, con espaciosos edificios públicos y lujosas casas particulares en las que no faltaban mosaicos adornados con las más evocadoras leyendas mitológicas y frescos jardines en los que se paseaban pelícanos y otras aves del paraíso, es fácil imaginar más teatro.

Como tampoco cuesta imaginar que en la lonja de la colegiata de los Santos Justo y Pastor, luego iglesia magistral, pudieran disfrutarse de misterios y autos sacramentales. Especialmente cuando el vecino palacio-fortaleza de los arzobispos de Toledo era residencia habitual de los reyes para largas estancias de reposo; y en su honor se oficiaban en la villa toda clase de oficios religiosos, festejos y justas.

Y no hay que imaginar, porque es conocido de sobra y ha llegado hasta nuestros días, que el Corral de Comedias construido en 1601 por el carpintero Francisco Sánchez a base de ladrillo y vigas de álamos negros del Henares en un patio de vecinos de la plaza del Mercado, es memoria teatral viva, y no exclusivamente local. Primero acogiendo a los grandes, y a los pequeños, del Siglo de Oro; en el siglo XVIII, como coliseo neoclásico, comedias del viejo y el nuevo régimen, así como música de la época, con un recital frustrado de Farinelli, el castrato más famoso de la historia; y por último, ya en el siglo XIX como teatro romántico, folletines y dramones.

En 1888, levantado en el tiempo récord de 28 días, abrió sus puertas el Teatro Salón Cervantes, que junto al Corral, y a pesar de toda clase de tribulaciones, han permitido unir pasado y presente en cuestiones escénicas. Incluso durante algún tiempo, a comienzos del presente siglo, los dos viejos teatros compartieron actividad con hasta cuatro teatros más: los universitarios La Galera y Lope de Vega, éste último en la vieja iglesia del colegio de Caracciolos; la sala Margarita Xirgu del sindicato CC OO y la pequeña sala del Teatro del Mundo, la fugaz escuela de teatro clásico de la actriz Alicia Sánchez.

Quedan aparte los espacios escénicos al aire libre, en plazas y recintos cerrados, que han venido sirviendo sin pausa en los últimos treinta años para toda clase de representaciones. Y no todos ubicados en el centro histórico. De hecho, pendiente de 'estreno' está el aún desolado -y desolador- auditorio de la recién bautizada plaza del Viento en Espartales Norte, el barrio más joven y remoto.

No obstante, es sobre el espacio físico del TSC y el Corral  por donde continúa pasando gran parte del futuro del teatro en Alcalá en general. Y del festival de clásicos en particular. Incluso del festival Alcine, cuyas únicas salas de proyección en el centro de la ciudad son justamente los dos viejos teatros, que también en su larga vida han servido como cinematógrafos.

Actores que participaron en la presentación de Clásicos en Alcalá 17, con el director del festival, Carlos Aladro -primero por la derecha-, en un 'nuevo' espacio escénico de la ciudad: las naves de la vieja fábrica de Gal (foto Rubén Gámez)
El Gobierno regional ha decidido darle un impulso renovado a su inversión en Clásicos en Alcalá, dejando la dirección al cuidado del eficaz y experimentado Carlos Aladro -¿necesitaría Alcine, también de patronazgo autonómico, un empujón parecido, ahora que se acerca al medio siglo y sobrevive extrañamente como un festival de cine sin cines?. Y en la edición número 17 que arrancará el próximo 15 de junio el público disfrutará de más espectáculos de calle y de una cartelera que, tras un proceso de selección de funciones y compañías, tiene como hilo narrativo la sugerente idea del “Alma de mal”. Al fin y al cabo, festival es sinónimo de fiesta y de competición, respectivamente.

Ojalá el vecindario no trate con la indiferencia habitual el acontecimiento, al que por otra parte nunca le han faltado leales y entusiastas espectadores. Es verdad que no se crea público ni cultura de teatro de un día para otro. Pero asombra la paradoja de que, siendo este el entretenimiento público más antiguo, con muchísima diferencia, y de los más populares de cuantos se han gozado por estos pagos, parezca a estas alturas de siglo XXI casi un capricho de élites.

Quizá algún día –por algo este cuaderno digital se titula 'Complutopía'- volvamos a ver tragedias del mundo antiguo en los viejos teatros complutenses reconstruidos a partir de los fósiles que aún debe proteger la arcillosa madre tierra típica de por aquí. O alguna compañía se anime a representar las comedias “tan divertidas, tan frikis y tan alcalaínas” de Petreyo, como las describe la profesora Gago Saldaña; en el Paraninfo o en ese monumental auditorio de piedra y galerías soportaladas que es el patio de Santo Tomás de Villanueva de la Cisneriana.

En fin, es muy posible que no sea tan impactante como pegarle fuego a Cervantes en una falla valenciana. Pero seguro que sería muchísimo más genuino.

lunes, 8 de mayo de 2017

La 'batallita' del Zulema

Aventadas por completo las cenizas de Cervantes tras ser incinerado en una hoguera pública para cerrar los fastos de su cuarto aniversario en Alcalá sin asombro alguno entre el paisanaje local (¿qué pensarían los vecinos de Stratford-upon-Avon si a  los inquilinos de su town hall se le ocurriera meterle candela a un pelele con la efigie de su inmortal paisano Shakespeare?); nos adentramos en mayo, mes de conmemoraciones guerrilleras. Y en la larga historia de Alcalá no podía faltar un capítulo consagrado a la Guerra de la Independencia.

En 2013, con motivo del bicentenario de la batalla, se organizó una especie de recreación en pleno centro histórico. El incombustible Baldo Perdigón retrató el evento con su pericia habitual.
Durante los cinco años que duró la contienda, los franceses permanecieron en Alcalá de forma casi ininterrumpida. Aquí emplazaron el centro de operaciones desde donde las fuerzas del invasor ejecutaron sus rapiñas y saqueos por toda la comarca. La población se resistió a través de las guerrillas comandadas por cabecillas como ‘El Tuerto’ o don Diego, pero sobre todo por Juan Martín ‘El Empecinado', uno de los guerrilleros más famosos de la Guerra de la Independencia y emblema de la facción liberal.

La partida de El Empecinado hostigó a los franceses en nuestra comarca desde casi el inicio del conflicto bélico. Y su participación fue crucial en la liberación de la ciudad, por ser el protagonista de la citada batalla en el puente del Zulema.

Esteban Azaña, en su célebre Historia de la ciudad de Alcalá de Henares (Antigua Compluto) (1882), describió el episodio como una “batalla heroica, gloriosa y sangrienta” en la que la correlación de fuerzas era  de lo más desigual: mientras los ‘Empecinados’ eran poco más de un millar, sin caballería ni artillería, los franceses sumaban en torno dos mil quinientos efectivos, con caballería y una generosa dotación de cañones. De acuerdo con el relato de Azaña, los guerrilleros se situaron en los cerros que rodean el puente y allí aguantaron las descargas del fuego francés. Más tarde, en la lucha cuerpo a cuerpo, lograron rechazar a la tropa napoleónica, que se retiró del paraje tras varias horas de encarnizada pelea, quedando “el campo cubierto de cadáveres, de donde se recogieron más de doscientos heridos”.

José Martín 'El Empecinado', héroe y libertador de Alcalá.
Para empezar el equilibrio entre los bandos eran más ajustado que el ofrecido por Azaña: 1.500 infantes y 500 caballos de parte española y 1.200 infantes, 200 caballos y dos cañones del lado francés. Los guerrilleros de El Empecinado se situaron en los barrancos y cantiles del otro lado del Zulema, mientras que la columna de los franceses, procedente de la ciudad, abrió  fuego desde las orillas de río. Con las primeras luces del día comenzó el intercambio de disparos, que se prolongó durante varias horas.

Una fuerza de caballería española procedente de la zona de Ajalvir, alertada por el estruendo de los cañones, se aproximó hasta Alcalá, lo que obligó a los franceses a batirse en retirada hasta Torrejón. Como resultado del intercambio de disparos, el bando francés registró tres muertos, tres prisioneros y alrededor de 30 heridos; el bando español, por su parte, tuvo en su parte de bajas tres muertos, otros tantos prisioneros y una docena de heridos.

Sea como fuera, después de aquella batalla o ‘batallita' los franceses jamás volvieron a pisar la ciudad, que quedó definitivamente liberada del invasor, cuya huella, eso sí, quedó bien grabada.

El palacio arzobispal, por ejemplo, padeció de manera muy especial el paso napoleónico por estos lares. La vieja fortaleza medieval y posterior palacio renacentista de los poderosos Arzobispos de Toledo se convirtió en improvisado cuartel de los franceses durante la práctica totalidad del conflicto bélico. La primera aparición de los soldados de Bonaparte en el solar complutense se produjo a finales de junio de 1808. Una columna de 3.000 hombres entró en Alcalá y Guadalajara y requisó las armas a los civiles.

Dibujo del puente del Zulema en la segunda mitad del siglo XIX (extraída de www.patrimoniocomplutense.es).
En los días previos a la llegada de ‘la francesa’, nuestra ciudad era un “sepulcro”, según relata Azaña en su historia local. “Todas las personas acomodadas abandonaron la ciudad –narra Azaña-, la Universidad cierra sus puertas, muchos de cuyos estudiantes fueron a engrosar las filas de los guerrilleros, ciérranse los conventos de frailes y hasta las monjas, abandonado el claustro y algunas hasta mudando el hábito por el vestido seglar, huyen, quienes a refugiarse en los conventos de otros pueblos, quienes a esconderse en las casas de sus padres, habiendo comunidad que pasaron alguna noche escondidas en los montes cercanos, y otras refugiadas en los encerradores de ganado”.

Aunque las tropas francesas hicieron su entrada al comienzo del verano, no fue hasta el mes de diciembre de aquel mismo año cuando establecieron su ‘base de operaciones’ estable en las estancias y patios del arzobispal, no sin antes saquear y provocar algunos destrozos en la ciudad. Desde ese cuartel se coordinó la recaudación de víveres por toda la comarca, así como el control de los caminos, hostigados por los guerrilleros, mientras duró la invasión, que a este lado del Henares concluyó con el célebre episodio del Zulema.

Otra cosa es que la ciudad levantara cabeza, que no fue tal, iniciándose los prolegómenos de una de las épocas más decadentes y sombrías de su historia.

jueves, 6 de abril de 2017

Condueños: una sociedad secreta (pero menos)


El desarraigo es la enfermedad más dañina que puede sufrir una ciudad. Y cuanto más antigua es la urbe, más lacerantes resultan sus efectos. Un vecindario sin sentimiento de pertenencia, indiferente a la historia, los valores y las necesidades del teatro urbano que le rodea, supone ponzoña mortal para una ciudad histórica. Alcalá de Henares lleva mucho tiempo conviviendo con esa toxina y aun así mantiene el tipo. Todavía no se conoce el límite de su resistencia. Y mientras tanto, avanza la despersonalización, a golpe de asfalto y hormigón, en la conurbación capitalina.
La fachada renacentista del colegio mayor de San Ildefonso, en una imagen de finales del siglo XIX
Curiosamente, en el repertorio inacabable de acontecimientos brillantes que jalonan el pasado complutense, se encuentra uno que representa justo lo contrario, el modelo de reacción contra toda flojera, desinterés, ignorancia y olvido: la hazaña de la Sociedad de Condueños. El relato resumido más o menos es el que sigue.
126 vecinos de Alcalá, entre los que se contaban ricos propietarios y comerciantes, catedráticos y religiosos, pero también albañiles, campesinos y tenderos, constituyeron el 12 de enero de 1851 la Sociedad de Condueños de los Edificios que fueron Universidad. Justo un mes antes, reuniendo todos sus ahorros en plan crowdfunding, habían comprado por 90.000 reales la manzana de la Universidad Cisneriana, cuya fachada plateresca pretendía desmontar, al parecer, su propietario, Javier de Quinto. El notario Esteban Azaña, abuelo del niño Manuel Azaña que nacería veintinueve años más tarde y que llegaría a ser notable escritor y político, además de presidente de la Segunda República española, dio fe de la constitución de aquella entidad.
Por aquel entonces, la población de Alcalá apenas superaba los 4.000 habitantes. El barrio universitario que el cardenal Cisneros diseñó y mandó construir a comienzos del siglo XVI no era más que un glorioso cementerio de arquitectura renacentista y barroca, desde que el Gobierno ordenara cerrar la institución en 1836 y trasladar los estudios a la nueva universidad de Madrid.
Aquel fastuoso mastodonte de piedra y adobe fue entregado a la subasta pública y por la Cisneriana apareció en 1846 una oferta de 50.000 reales a cargo del empresario Joaquín Alcober. Su intención era dedicar la centenaria sede de la academia complutense a criadero de gusanos de seda, cultivo de plantas de morera y taller de hilatura. El descabellado proyecto no se llevó a la práctica y dos años después la propiedad pasó a manos de otro potentado, Joaquín Cortés, que a su vez vendió el colegio mayor de San Ildefonso y todo el caserío que lo circunda al mencionado Javier de Quinto.
Una de las escasas representaciones que se conocen del desaparecido arco universitario de la calle Pedro Gumiel desde la plaza de Cervantes: un dibujo realizado por el artista Vicente Carderera y
Solano en 1846. La obra es propiedad de la Fundación Lázaro Galdiano y se dio a conocer por primera vez en la ciudad en las páginas del desaparecido Diario de Alcalá en febrero de 2010, junto a un artículo del investigador local y condueño, José María San Luciano,
Además de liquidar libros y obras de arte que pertenecían a los bienes muebles de la universidad, el nuevo dueño mandó trasladar las campanas de la capilla –que según se decía se fundieron con el bronce de los cañones de la conquista de Orán-, desmontar las cresterías del patio Trilingüe y echar abajo el histórico arco con balconada que hacía ‘frontera’ entre la calle Pedro Gumiel y la plaza de Cervantes, o sea, entre la jurisdicción universitaria y la del Concejo.
Cuando empezó a extenderse el rumor de que la piqueta acabaría también con la suntuosa fachada de Gil de Hontañón, los paisanos se decidieron a intervenir y adquirieron la Cisneriana, que bajo su custodia fue luego cedida para sede de la Academia de Caballería, colegio de Escolapios y centro de formación de funcionarios, hasta que en 1977 la universidad retornó a Alcalá.
Apenas quedan descendientes de aquellos alcalaínos que sigan formando parte en la actualidad de la Sociedad de Condueños. Ellos son los poseedores de las 900 acciones en que fueron representados los 90.000 reales con los que se adquirió la manzana universitaria. Tales acciones, conocidas como “láminas”, solo pueden ser transferidas entre vecinos de Alcalá, con un máximo de diez por persona, teóricamente al menos. De manera excepcional y como reconocimiento a sus afanes en la recuperación de patrimonio histórico y artístico de la ciudad, la entidad ha hecho ‘condueños’ a título institucional al Ayuntamiento, la Universidad y el Obispado.
El patio Trilingüe lleno de maleza, en una postal de finales de los años 20 del pasado siglo.
Con sede en la plaza de Cervantes, donde posee una valiosa biblioteca, la actividad pública de la Sociedad ha venido siendo muy testimonial. Celebra una asamblea anual y cada curso entrega un premio a las mejores tesis doctorales de la Universidad. Además de contar con una calle en la zona de La Esgaravita, el Ayuntamiento le concedió la medalla de oro de la ciudad en 2001, la más alta distinción municipal, con motivo de la conmemoración de su centenario y medio. Eso la convierte no solo en la entidad más antigua de la sociedad complutense, sino también un ejemplo pionero en España de la movilización cívica por el salvamento y la conservación del patrimonio histórico.
Hoy en día, solo una minoría, emplazada casi toda en ese territorio garrapiñado que tiene por puntos cardinales la plaza de Atilano Casado, Cuatro Caños y las Puertas del Vado y Santa Ana, está al tanto de este episodio, que reúne todos los dones para enardecer el amor y el orgullo local. La displicencia con la que el común del paisanaje suele relacionarse con el pasado del lugar donde vive tiene mucho que ver en este desconocimiento. Pero tampoco ha ayudado el cierre en sí misma de la Sociedad de Condueños, que nunca se ha impuesto una responsabilidad con la ciudad más allá de la simbólica, ni mucho menos la voluntad de hacerse conocer en esa terra incognita que se abre más allá de Puerta de Madrid, de la Ronda Fiscal, las vías del tren o Juan de Austria.
Felizmente, algo está cambiando y hace pocos días ha abierto sus puertas un pequeño pero muy coqueto museo en uno de los locales de la entidad, en el encantador patio de la vieja Hospedería de Estudiantes, donde la vieja sede de la Cruz Roja en el extremo sureste de la plaza mayor. La conmemoración del quinto centenario de la muerte de Cisneros ha sido el pretexto para una exposición y la consiguiente creación de este nuevo espacio divulgativo, de recomendable visita.
Y si se tiene el privilegio de ser guiado por José Félix Huerta, presidente de la sociedad, y José María San Luciano, investigador local y condueño, el paseo se hará muy corto. Porque animarán con detalles históricos y comentarios impagables el visionado de fotografías insólitas de los patios universitarios ruinosos o invadidos por la maleza; de algunas de las joyas del centenar de libros cisnerianos de la biblioteca, con un tomo de la histórica Políglota o un ejemplar de la Vita Christi de Polono, el primer libro de la imprenta del cardenal; o de algunas de obras de arte, como los magníficos dibujos de Villaamil, entre los que se halla una delicada estampa de la capilla de San Ildefonso, con la críptica anotación “Muy oscuro” manuscrita a la altura  del altar.
Vitrina con algunos de los libros de la sección 'cisneriana' de la biblioteca condueña, en la muestra que hasta el próximo verano se podrá ver en la nueva sala de exposiciones del patio de la vieja Hospedería.
Pero además, estos cicerones intercalarán sucedidos paralelos como el proyectil que cayó en mitad del patio en uno de los bombardeos de la Guerra Civil, matando a una joven pareja vecina de la corrala; el “descubrimiento” de unos relieves en la pila de lavadero que bien podrían ser escudos cisnerianos; o aventuras relacionadas con las urgencias que atendían los voluntarios de Cruz Roja allí mismo; entre explicaciones eruditas de personajes, edificios e hitos complutenses.
Escuchándoles y admirando lo que contiene el museíto, no se entiende que el colectivo condueño pase entre los pliegues del tiempo casi como una sociedad secreta. Como actores y herederos de buena parte de la historia y de la memoria popular de la ciudad, poseen el antídoto contra cualquier virus desintegrador. Y en esta Alcalá permanente e injustamente amenazada por la pérdida de identidad no se puede consentir tal desperdicio.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Heroínas y ceporros

Es notorio que el paso del tiempo no ha hecho más que empeorar la estatuaria pública complutense. Con esa razón de peso que solo puede gastar un artista que vive abrazado a la piedra, el gran Andrés Fernández Alcántara defiende que la mejor pieza de Alcalá de Henares continúa siendo la estatua de Miguel de Cervantes que Carlo Nicoli creó con aire becqueriano por encargo municipal para presidir la plaza mayor, hace ya casi siglo y medio. Aunque también es justo apuntar que en la galería de los horrores que puntean las plazas y parques del mapa de la ciudad, las excepciones más deslumbrantes tienen a mujeres como protagonistas. Y nunca se hará lo suficiente por destacarlo.

'La estudiante', obra de Miguel Ángel Sánchez, en la calle Nebrija.
Sin ir más lejos, las recientes obras de remozamiento en la fachada de la Universidad Cisneriana han demostrado que, además de tratarse del mejor museo escultórico de Alcalá, por vertical que sea, sus figuras en relieve son mucho más hermosas de lo que se puede apreciar a ras de suelo. Y como parte de ese descubrimiento, la delicadeza de la sabia, guerrera y bella Minerva (sufrida Andrómeda, según otros investigadores) resulta especialmente arrebatadora.

Todo un triunfo de los talladores de los Arciniega, Sevilla y demás artistas que se afanaron a mediados del siglo XVI por decorar la portada cisneriana, herederos estéticos a su vez de los anónimos artesanos de la musivaria que fabricaron el mosaico de Leda y el Cisne para una casa principal de Complutum hace casi dos mil años, y que, in extremis de la destrucción, actualmente preside una de las salas principales del Museo Arqueológico Regional de la plaza de las Bernardas. Sí, es cierto que la factura es tosca y la figura se representa deformada, pero cuenta más la voluntad de mostrar el desvalimiento de la joven, acosada por el artero y brutal Zeus, transfigurado hasta aparecérsele como la bella y seductora ave.

Minerva (o Andrómeda), tras ser restaurada en la fachada cisneriana.
La misma dignidad se reconoce en algunas labores del presente, que nos reconcilian con aquello de que las cosas y las formas sencillas terminan siendo siempre las más hermosas. Y a esa tradición pertenece, por ejemplo, la muchacha que lee en un pliegue practicado, a modo de hornacina, en el esquinazo de un edificio de la calle Nebrija. El ya desaparecido maestro Miguel Ángel Sánchez, autor entre otras obras de conjunto de figuras del monumento a las víctimas del 11-M junto a la estación de tren, es el padre de esta criatura metálica que lleva ya más de dos décadas leyendo concentrada en su balcón, ajena al trasiego de la vecina calle Libreros. En la serenidad de La estudiante, como se titula la obra, se adivina la fuerza de los grandes símbolos. Y ahí queda por si alguna vez su docta calma sirve para algo más que adornar un recoleto rincón del centro histórico.

Casi lo mismo se puede decir de la efigie de la infanta Catalina, que va a hacer ahora diez años que se alza en una esquina de la plaza de las Bernardas, la más próxima al torreón del Tenorio del palacio Arzobispal, donde vino al mundo en 1485. El artista grancanario Manolo González Muñoz creó en bronce esta imagen de la quinta hija de los Reyes Católicos, representada en su mocedad, con el porte distinguido e ilustrado de una princesa renacentista, ignorante aún del amargo destino que le habían adjudicado sus padres como reina de Inglaterra, aunque victorioso al cabo, al menos en lo que tenía que ver con su dignidad como mujer y su compromiso como estadista.

La infanta Catalina, antes de convertirse en reina de Inglaterra, en la plaza de las Bernardas.
Y hablando de victorias, nada más acertado que apostar por los clásicos y saludar la entrada al Campus por el puente de la Ciudad del Aire con la imponente y misteriosa mujer alada y descabezada conocida como Victoria de Samotracia. Aunque solo se trata de una copia en resina y a tamaño real de la reina del Louvre, con permiso de la Gioconda, da gusto toparse con su poderosa estampa, el broche a un paseo por esta particular serie femenina, compuesta por una comunidad de mujeres luchadoras y heroicas.

Todo un contraste con el esperpento que ha convertido Alcalá en el hazmerreír de toda España, a cuenta de la fiesta con stripper organizada y consentida en unas instalaciones municipales. Un escándalo que, por otra parte y a más inri en mitad de las celebraciones por el Día de la Mujer, ha solapado una historia de valentía y generosidad insuperables protagonizado por una alcalaína, la comandante médico Montserrat Martínez Roldán, que ha inspirado a uno de los personajes de la película Zona hostil.

Lástima que al menos las mujeres con poder institucional en Alcalá no hayan levantado la voz mucho más, y por encima de la conveniencia política, para condenar y repudiar a los ceporros responsables en el primer caso; y ensalzar y promocionar como se debe, en el segundo, a toda una heroina local, como un modelo cívico a seguir. Y no es consuelo que nos queden a mano, y a perpetuidad, esos gritos de piedra y metal con forma de mujer que asoman por nuestro callejero.