miércoles, 21 de febrero de 2018

Érase una vez un castillo sobre el río...

Los vecinos le conocían como ‘El Dorado’: todo un virtuoso en el oficio de curar las enfermedades y dar alivio a los heridos. Se trataba del médico alcalaíno más conocido y respetado de la villa; su consulta se hallaba en los alrededores de la calle Mayor y era judío. Rabí Hudá, apodado ‘El Dorado’, acaso por su vistosa cabellera rubia, fue uno de los miembros de la próspera comunidad sefardí que habitó la judería o Aljama complutense a partir del siglo XII, y de la que también pasaron a la posteridad los nombres de Abravanel, Aben Xuxen o el escritor Menahem Ben Zerah, como preclaros prohombres.

Restos del viejo castillo árabe que han llegado hasta nuestros días (extraída de arqarqt.revistas.csic.es)
Fronterizo con este vecindario, donde se asientan hoy el convento de las Bernardas y el Museo Arqueológico, se ubicaba la morería o Almanxara, un arrabal de familias musulmanas donde alcalaínos como Yusuf Robledo, Durramen Herrero o Hamete Xarafi conquistaron una merecida fama como habilidosos artesanos. Unos paisanos y otros convivían con un tercer vecindario más populoso, el cristiano, arracimado en torno a la iglesia levantada sobre la legendaria piedra del martirio de los niños Justor y Pastor, el primitivo Campo Laudable, hoy Catedral Magistral.

Esa urbe, que es la abuela de la ciudad que conocemos en el presente, empezó a gestarse hace ahora justo novecientos años: en 1118 tuvo lugar la conquista del castillo musulmán al otro lado del río, el Al-qal'a Nahar, topónimo del que procede el nombre de la ciudad que nos cobija; y este territorio dejó de pertenecer al dominio de Al Andalus para pasar a formar parte de Castilla, ya para siempre (o más exactamente hasta el nacimiento del estado de las Autonomías).

Por casualidad o por misterioso capricho del destino, el pasado noviembre el Ayuntamiento informó del hallazgo de unos bolaños o proyectiles de piedra en el entorno de las ruinas del viejo castillo, paraje conocido también como Alcalá la Vieja. Y los arqueólogos no dudaron en relacionarlos con la munición de las catapultas empleadas por las milicias al mando del arzobispo de Toledo, Bernardo de Sedirac, para rendir el alcázar ribereño del Henares. No se reparó entonces en que estaban a punto de cumplirse nueve siglos del fin de aquel asedio.

Policías locales con los bolaños o proyectiles de piedra encontrados el pasado otoño en las inmediaciones de Alcalá la Vieja (Foto: Ayuntamiento de Alcalá)
Tuvo que ser, una vez más, la Institución de Estudios Complutenses la que colocara el foco en una efemérides de una importancia capital para entender la evolución urbana, social y cultural de Alcalá. Un ciclo de conferencias, en el que intervendrán algunos de los más acreditados investigadores y eruditos locales, recordará aquel hecho y sus consecuencias. Y entre el plantel de ponentes estarán aquellos estudiosos que más han ahondado en esa etapa tan apasionante pero a la vez tan ignorada de la historia de Alcalá.

En el momento en que el arzobispo De Sedirac, mandó levantar un fuerte de madera en el cerro hermano del que albergaba castillo musulmán para, desde allí, como un Malvecino, acosar y reducir sus resistencias a base de bolazos de piedra caliza como los que se encontraron el pasado otoño; los pasos de la ciudad cambiaron de rumbo. Se puso fin a una etapa aún demasiado nebulosa pero fascinante, marcada por la agonía de la vieja Complutum, el nacimiento de un caserío en torno a la piedra martirial de los santos niños, el desvaído dominio visigodo, la llegada de los nuevos señores del Islam y el intercambio de razias entre campeadores castellanos y guerreros almorávides.

Los antecesores de estos últimos escogieron allá por el siglo X uno de los montículos al otro lado del río, con tradición de asentamientos desde lo más oscuro de la noche de los tiempos, para vigilar toda la vega; con una atalaya primero y después con un alcázar de recias murallas y torres albarranas, que fue conocido en origen como Qalat abd al Salam. Y alimentaron con su presencia las historias mágicas de la orilla izquierda del río y de sus cerros. Desde entonces, unos gigantes o gigantones pueblan el laberinto de cuevas y pasadizos kilométricos de su subsuelo, custodiando de paso la mesa del rey Salomón, la misma que condenó al desdichado moro Muzaraque, del que se apiadó, haciéndole aún más inmortal, Miguel de Cervantes, haciéndole cabalgar a lomos de “una cebra o alfana” por "la gran cuesta Zulema” en las páginas de El Quijote.

Expulsados los amos islámicos, el castillo y el burgo nacido alrededor del templo en recuerdo de Justo y Pastor quedaron en manos de los todopoderosos arzobispos de Toledo. Bajo su mando, la villa comenzó a crecer, custodiada por una fortaleza cuyas primeras piedras se colocaron en 1209 y que fue el germen del suntuoso palacio Arzobispal (los ocho siglos que se conmemoraron en 2009 también pasaron con muchísima más pena que gloria), así como de un largo perímetro de murallas.

Uno de los escudos de Alcalá más antiguos que se conocen es el que se conserva en uno de los capiteles de la plaza de Cervantes. Es del siglo XVII y señala el lugar donde, durante varios siglos estuvo la casa del Concejo o Ayuntamiento.
Y el Burgo de Santiuste, luego Alcalá de Sant Yuste y al final Alcalá de Henares, comenzó a prosperar. Y no solo porque, al amparo arzobispal, en siglos sucesivos se organizaran aquí reuniones de Cortes, se diera cobijo a los reyes castellanos en largas estancias o abriera sus puertas un Estudio General, antecedente remoto de la Universidad. También las leyes permitieron que, además de la población cristiana mayoritaria y dominante, la comunidad judía creciera y tomara peso en la vida pública, como recaudadores y comerciantes. Y se tolerara la convivencia con los musulmanes o mudéjares, cuya pericia como albañiles, carpinteros y hortelanos fue recordada incluso después de que el glorificado Cardenal Cisneros, tan buen alcalde de Alcalá como a ratos despiadado martillo de herejes, clausurara la mezquita y la transformara en iglesia bajo la advocación de Santiago, pero no en su versión de pacífico santo peregrino sino como temible Matamoros. Hoy solo queda de ella una columna empotrada en la esquina de la calle Santiago con Diego de Torres; y de las dos sinagogas complutenses, apenas un pasillo empedrado al que se accede desde un recoleto adarve de la soportalada calle Mayor que nos dejaron en herencia.

Y todo eso, y mucho más, se desencadenó a raíz de la conquista de aquel castillo sobre el río. Ese que, a pesar de la ignorancia activa y la sectaria moda de la corrección política, que abomina de luchas religiosas y reconquistas, luce con particular donosura en el mismísimo escudo de la ciudad.

jueves, 18 de enero de 2018

Cuando la Cisneriana pudo ser 'West Point'

En lugar de estudiantes, turistas y funcionarios, los claustros y pasillos de la Universidad Cisneriana podrían ser hoy en día la cuna de los militares más cualificados del país, como la primera academia del Estado. Tal estampa de excelencia castrense, al modo de la célebre academia militar estadounidense de West Point, sería posible de haber prosperado un fugaz proyecto concebido a mediados del siglo XIX para reconvertir la manzana fundacional de nuestra Universidad en la sede del Colegio General de todas las Armas, con capacidad para 600 cadetes.

Vistas del Colegio de todas las Armas desde la plaza de San Diego, tal y como lo proyectó el ingeniero militar Antonio de la Iglesia en 1844.
A finales de 2010, en la exposición De las armas a las letras. Edificios universitarios que tuvieron uso militar, montada en la sala de exposiciones de la vieja iglesia de Caracciolos, se mostraron los planos del proyecto de lo que pudo ser aquella 'Universidad militar', diseñados en 1844. Aunque en 2008, en la exposición Alcalá, una ciudad en la historia, montada en la sede madrileña de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y con un precioso y enciclopédico catálogo al cuidado del maestro Vicente Alberto Serrano, el público pudo admirar la insólita transformación de la Cisneriana que proponían esos documentos, custodiados en el Archivo General Militar.

Realizado por el brigadier de ingenieros Antonio de la Iglesia en el verano de 1844, el proyecto de crear un Colegio de todas las Armas se remonta a veinte años antes. En 1824 se fundó el Colegio General Militar, cuya primera sede fue el Alcázar de Segovia. Durante la primera guerra carlista, en 1837, se decidió trasladar el colegio a Madrid, donde tuvo varias ubicaciones. En 1842 se ordenó la creación, por real decreto, del Colegio General de todas las Armas, como refuerzo  del Colegio General Militar, fijándose en 600 el número de cadetes.

Ya entonces las autoridades civiles y militares se percataron de la dificultad de situar esta institución en la capital, de modo que se planteó la posibilidad de enclavarla en alguna población de los alrededores. Se reparó entonces en las prestaciones que ofrecía en Alcalá la manzana cisneriana, sin uso desde hacía ocho años, cuando se clausuró el Colegio Mayor de San Ildefonso y con él la histórica universidad fundada por Cisneros.

El ingeniero De la Iglesia recibió el encargo de diseñar la academia militar. Y sus planos fueron lo único real que llegó a existir de ella, porque en noviembre de 1850 un decreto suprimió el colegio general y estableció que cada arma tuviera su propia academia. Y paradójicamente, menos la de Marina, todas tuvieron algún acomodo en Alcalá a lo largo del tiempo. Incluso algunas, como la de ingenieros, ya estaban radicadas aquí de antes, pues fue fundada en 1803.

El Colegio de Basilios, hoy centro cultural de la Universidad, acogió durante décadas a los ingenieros militares.
Los planos de De la Iglesia recogían una reforma profunda no solo del Colegio de San Ildefonso, sino de todas las construcciones vecinas para racionalizar el conjunto del solar. Aparte de cambiar los nombres de los patios (el patio de Santo Tomás pasaría a denominarse 'patio de la Univesidad' y el de Filósofos se llamaría 'patio de Venegas'), el proyecto contemplaba remodelar todas las construcciones de la parte occidental de la manzana, es decir, las que dan a la plaza de Cervantes.

Lo más llamativo, por agresivo, era la demolición de la Capilla de San Ildefonso que pasaría a formar parte de un nuevo complejo de edificios y patios auxiliares. Ello también implicaba el levantamiento de una nueva fachada que hubiera tenido un aspecto muy similar a la de los viejos Cuarteles que dan a la plaza de San Diego y que ahora acogen la biblioteca, las salas de lectura y el museo iberoamericano de la Universidad.

Otra curiosidad es que, en lugar de Paraninfo, en el plano figura una capilla, justo en la crujía que separa el patio Trilingüe y un nuevo patio que se llamaría del 'Juego de la Pelota', quién sabe por qué.

En general, todas las dependencias del recinto militar se distribuirían del siguiente modo: las aulas, el comedor y las estancias de servicio ocuparían la planta baja y los dormitorios de los cadetes, los despachos de los oficiales y de la dirección del centro y la enfermería estarían en la planta principal.

Ahora solo la imaginación, y los planos a la vista, permiten reconstruir esa 'superacademia' militar en pleno centro; el que hubiera sido el corazón de la populosa ciudad cuartel que, aunque ya olvidada, fue durante muchas décadas Alcalá.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Una ciudad ocre

Cuentan que en una de las visitas de Franco a Alcalá, pasados ya los años más crudos de la posguerra, la mirada del circunspecto generalísimo se posó en los resecos cerros que cierran el horizonte de la ciudad por el sur. Justo el mismo “circo de agrias barrancadas del Zulema” que dejó anotado Manuel Azaña en sus cuadernos de memorias, al verlos también desde su coche oficial de presidente de la República, en la que sería su última visita a su patria chica, en mitad de la Guerra Civil. Fue solo unos pocos lustros antes de la visita del dictador que, mucho menos lírico que su odiado Azaña, sí musitó a sus acompañantes, casi como un pensamiento en voz alta, la impresión que le había causado la aridez de los calvos montes alcalaínos. Y casualmente poco tiempo después de aquella visita y de aquel comentario, los peones del Icona asomaron por los cerros y comenzaron a repoblarlos con los pinos que hoy ponen un amable fondo verde al perfil urbano complutense.


El único bosque genuino de Alcalá, el de la ribera del Henares, poblada por álamos y olmos entre otros (Wikipedia)
Sea cierto o no el sucedido, sí viene bien para ilustrar la carga tan artificial que ha tenido este rincón de la meseta con el arbolado a lo largo de las últimas décadas. Y un hito importante a esa historia acaba de tener lugar con el anuncio por parte de la Concejalía de Medio Ambiente de la realización de un inventario de los 60.000 árboles que adornan la ciudad y que le ha valido a Alcalá el reconocimiento como ciudad verde por parte de la Agencia Europea de Medio Ambiente.

Ese catálogo y la distinción europea deberían de ser el punto de partida para un tiempo nuevo en la gestión municipal del arbolado, carente hasta la presente, como casi todo en nuestra administración, de una planificación formal y rigurosa a medio y largo plazo. Se evitarían así que muchas podas se confundan demasiadas veces con talas encubiertas; y se garantizaría que solo nos darían sombra y aire las especies más convenientes a este clima y a una traza urbana como la alcalaína. Porque ya está bien de árboles que se meten en balcones, tapan farolas y levantan aceras con sus raíces, como ocurre en los barrios más cercanos al casco histórico; o de ejemplares escuálidos y pringosos, como los que garabatean y ensucian muchas calles y avenidas de las barriadas nuevas.

El esfuerzo, en todo caso, siempre será grande, porque salvo el bosque de galería que abraza al risueño Henares, no es esta tierra de grandes y frondosas arboledas. La célebre ardilla del geógrafo Estrabón debió de corretear a ras de suelo más de lo cuenta al pasar por aquí al comienzo de nuestra era. Y siglos de rozas, pastoreo, acarreo de leña y erosión implacabale han modelado un paisaje que ya por 1563, en la primera ‘fotografía’ de Alcalá, el impresionante dibujo de Anton van Wyngaerde, es casi calcado al del presente.


Vista de Alcalá y la vega del Henares desde una curva del Zulema en los primeros lustros del siglo XX (Instituto de Patrimonio Cultural de España)
Por eso atesora un mérito tan grande la conservación hasta nuestros días de un parque histórico como el O’Donnell, un pulmón verde en el corazón de la ciudad que, además de espacio de esparcimiento, tendría que disfrutar de mayor presencia en su vida social y cultural, como corresponde a una zona verde centenaria. Aunque sea a costa de vallarlo, porque el incivismo no duerme desgraciadamente. Muchas ideas recopila al respecto un combativo colectivo ciudadano consagrado a la defensa del parque, que desde hace un lustro suma voluntades en Facebook.

Y por lo mismo habría de tener la atención y el mimo debidos el parque del Camarmilla, la última y zona verde incorporada a la geografía complutense, que, acaso por ser herencia del Gobierno municipal anterior, así como el recinto más extenso y alejado, aún no se ha librado de su desolador aspecto de páramo. Ni siquiera ha tenido una presentación oficial, lo cual no deja de resultar grosero, pues en este equipamiento se han invertido varios cientos de millones de euros y existe un vecindario a apenas un centenar de metros que se merecía ese gesto de consideración, más aún cuando no abundan en la barriada de Espartales oportunidades de esta clase.

Siendo tan precioso y caro este patrimonio ambiental, es normal que haya que tentarse mucho la ropa antes de apear los árboles en lugares donde jamás debieron ser plantados, como sucede en dos de las plazas más emblemáticas de la ciudad, la de San Diego y la de las Bernardas. Contemporáneos de los pinos de las faldas de San José del Viso y los cantiles del Zulema, los cedros tapan la visión de los dos grandes tesoros arquitectónicos de Alcalá, el Colegio Mayor de San Ildefonso y el Monasterio de San Bernardo. Si bien en el primer caso, los árboles estuvieron muy cerca de pasar de convertirse en leña, o de tratar de sobrevivir trasplantados a otros terrenos, hace veinte años cuando el gobierno cisneriano del rector Manuel Gala se empecinó en aplicar una reforma de la plaza siguiendo el boceto encargado al prestigioso arquitecto italiano Giorgio Lombardi. El argumento de que la plaza fue, históricamente, diáfana, no terminó de convencer a los responsables regionales de Patrimonio, que sin embargo no se conoce que pusieran reparos al apeo relámpago de los árboles de la plaza de los Santos Niños.


El Jardín Botánico Juan Carlos I del Campus lleva ya un cuarto de siglo recuperando flora (Universidad de Alcalá)
En otras esquinas de la ciudad, por el contrario, han aflorado parques que, con el paso del tiempo, si los vándalos y el calentamiento global no los desbaratan, se transformarán en lustrosos bosques urbanos. Son los casos del arboreto del popular Vivero, camino de Juncal, o el Juan Pablo II del Ensanche. Más remotas y desconocidas son las dos masas arbóreas más singulares y objetivamente más valiosas del termino alcalaíno: el Jardín Botánico del Campus, un regalo para los sentidos en otoño y primavera, solo a la espera de que deje de fugarse el agua en su laguna artificial;  y la abracadabrante arboleda dispuesta en círculos concéntricos en el solar conocido como ‘la Bomba’, cobertura para uno de los primitivos experimentos agrícolas en la finca del Encín, que se puede divisar desde la A-2. 

Y preciosos en sí mismos son algunos ejemplares raros y desperdigados, caso del laurel que desde hace décadas se acomoda a las estrecheces del patio junto al concurrido garito de La Panadería, en plena calle Mayor; el extraordinario y antediluviano pinsapo que ha agarrado en la rotonda más conífera del Campus; o desde hace pocas fechas el joven arce plantado a la salud de Cisneros en el O'Donnell, que ojalá algún día nos regale el mágico espectáculo de ver cómo su copa se 'incendia' por efecto de la otoñada.

En todo caso, son los perfiles inabarcables y desolados de esta tierra de secano, calcinada por el sol y las heladas, pero generosa cuando es acariciada por la lluvia, lo que termina por conferir todo su valor a estas manchas verdes. Porque, en realidad, por naturaleza y por superficie, esta ciudad solo puede ser ocre. Y también hay que saber apreciar la belleza genuina de ese color y de sus matices, entre pinceladas parduzcas y cenicientas, vistiendo el paisaje; algo que Franco, de hacer caso a la anécdota del principio, no logró, pero Antonio Machado alcanzó a conquistar. Ahí está ese monumento literario llamado Campos de Castilla para demostrarlo y aprender de él.

martes, 31 de octubre de 2017

Más pura la calabaza brilla

Para Noelia, espectadora fiel y defensora paladina del Tenorio más clásico

Es la misma función desde hace más de treinta años pero el público no deja de acudir, a razón de muchas miles de personas. Y ni la historia repetida ni el relente de la noche otoñal ni la ausencia de butacas restan emoción e interés entre la multitud, que atiende con respetuoso silencio a lo que ocurre sobre los escenarios instalados en una explanada rodeada de murallas; las ruinas del viejo palacio Arzobispal en primer plano y el skyline de torres, espadañas y cúpulas del casco histórico recortado en el cielo nocturno… Así es la representación del Don Juan Tenorio en Alcalá, uno de sus grandes estandartes como ciudad del teatro y referente en su temporada cultural, pero ante todo un evento único en su género en nuestro país, además de un ejemplo de civismo cómplice como pocos se dan, por desgracia, cuando hay en danza tanta cantidad de gente.

Una jovencísima Maribel Verdú junto a Tony Isbert en el Tenorio de 1988, el más visto de la historia del espectáculo alcalaíno merced a su retransmisión por Televisión Española.
Toda esa solera no ha pesado, sin embargo, a la hora de presentar con la antelación debida la edición de este año, la número 33, cuyos detalles se conocieron públicamente hace apenas cuatro días. Tampoco ha contado para acercar la celebración a su fecha tradicional: la Noche de las Ánimas del 31 de octubre. Si el año pasado se adelantaron hasta los días 28 y 29 de octubre, en esta ocasión se ha entrado de lleno en el mes de noviembre, fijándose en los días 3 y 4.

La razón que maneja el Ayuntamiento, promotor único de esta cita, para justificar esto último (lo de demorar la presentación hasta casi las vísperas de las funciones es una vieja costumbre pésima) es que han de espaciarse las actividades de ocio y tratar de hacerlas coincidir con fin de semana para favorecer la visita de turistas. Paradójicamente no se aplica un criterio tan flexible para convocatorias mucho más recientes en el tiempo pero que en tiempo récord se están llevando la palma de la promoción municipal, como la Marcha Zombie y sus apéndices. Ésta sí que lleva semanas anunciada y bombardeada y tiene su colofón en la velada de Halloween.

Sin que se les haya dado la posibilidad de convivir, los muertos vivientes, en fin, parecen haberle ganado la partida a los espectros que pululan en torno al conquistador sevillano, aunque estos les llevan mucha ventaja en el tiempo. Tanta, que el Don Juan en Alcalá ya atesora su propia historia, nacida a principios de los años 80 del pasado siglo.

Con el telón de fondo de la resurrección cultural de Alcalá en aquellas años, siendo alcalde Arsenio Lope Huerta y concejal de Cultura, Modesto Quijada, el Ayuntamiento aprovechó la ocasión de rescatar del olvido una vieja tradición del teatro español: representar el Don Juan Tenorio de José Zorrilla coincidiendo con la festividad de Todos los Santos y levantar de paso el telón de la temporada teatral. Una exitosa versión en la plaza Mayor de Madrid dirigida por Antonio Guirau dio la idea; y la recién creada Fundación Colegio del Rey, gerenciada por José Antonio Muñoz, apostó por traerla a la ciudad complutense, como broche a unas jornadas dedicadas al mito donjuanesco, y desde el convencimiento de que las plazas y edificios añejos del centro histórico podían aportar la atmósfera romántica necesaria a la obra.

Aspecto de la plaza de Cervantes durante la representación de 2014, la edición del 30 aniversario, en la que se recuperó la vieja itinerancia por escenarios repartidos en el casco histórico.
La edición inaugural, bajo la dirección del propio Guirau, celebrada el 2 y 3 de noviembre de 1984 contó con un reparto de lujo: Juan Diego, María José Goyanes y Rafaela Aparicio dieron vida a don Juan, doña Inés y Brígida. La acogida entre el público fue magnífica y la crítica teatral de la prensa capitalina aplaudió el montaje al aire libre. Ya entonces actores y actrices, así como músicos y cantantes de Alcalá, fueron parte esencial en el plantel artístico del acontecimiento. De este modo, colectivos entrañables como Gruta, Teja, TELA, Telémaco, TIA, Edelveis, Alborada, la Schola Cantorum o el Quinteto renacentista se integraron con éxito en el equipo.

Como en aquella primera edición, las siguientes entregas se desarrollaron en escenarios monumentales del centro: la plaza de Cervantes, las ruinas de Santa María, la plaza de los Santos Niños y el entorno de la Catedral, la plaza de la Victoria, la plaza de las Bernardas o el conjunto de patios del Arzobispal.

Guirau apostó de nuevo en 1985 por un buen cartel para la segunda edición. Mary Santpere y Rafael Ramos dieron vida a Brígida y don Luis junto a Manuel Gallardo y María Casal, una pareja protagonista con mucho oficio. La participación del público volvió a ser un éxito y con ese espaldarazo para la edición de 1986 se confió de nuevo en Antonio Guirau, quien repitió el esquema de conjuntar un cartel de estrellas con un elenco de artistas locales. En el primero figuraron Tony Isbert, Amparo Larrañaga y Gracita Morales.

La plaza de Palacio fue el lugar elegido en 1987 para dar inicio a la cuarta edición del Don Juan. Guirau dio un paso adelante y cambió los registros clásicos de la representación por una versión de estética más romántica. Para ello eligió a dos pujantes promesas para interpretar a don Juan y doña Inés, Fernando Guillén Cuervo y Maribel Verdú, y para el papel de Brígida se reclutó a la extraordinaria Aurora Redondo. Las máquinas de humo, los fuegos artificiales o los letreros fabricados con bombillas formaron parte de la puesta en escena.

Cartel anunciador del primer Don Juan en Alcalá en 1984 con Juan Diego, María José Goyanes y Rafaela Aparicio encabezando el plantel actoral. 
Miles de personas arroparon la función y con mucha antelación se empezó a gestar la edición de 1988, la más vista de la historia del Tenorio complutense. Y es que Televisión Española se interesó por él y lo retransmitió por el segundo canal a todo el país, propiciándose así una audiencia millonaria en aquella televisión sin privadas. La inconfundible voz de Tony Isbert, la ternura de Maribel Verdú, la experiencia de Alfonso del Real, la calidez de Carmen Rossi y la solvencia de Pepe Martín, el inolvidable conde de Montecristo de RTVE, redondearon una edición memorable, que por mor de las exigencias televisivas hubo de concentrarse en el recinto del Arzobispal.

Aquí terminaría la primera etapa de Antonio Guirau al frente del Don Juan, y se pusieron las bases de esta gran fiesta del teatro que aún perdura. Un año más tarde vino el primer gran cambio, al ser la primera en la que se apostó por una versión más rompedora. El director Ángel Facio proyectó un montaje ambientado en los locos años 20 y para ello contó con la presencia de los actores Joan Llaneras, Maruchi León y Rosa de la Torre. La fachada del Círculo de Contribuyentes se estrenó como escenario de la función, que no satisfizo del todo al público, desconcertado en parte por la insólita ambientación, además de por los problemas de sonido.

La edición de 1990 fue dirigida por el director Francisco Ortuño e interpretada por el arrollador Joaquín Hinojosa, cuyos paseos en un caballo blanco aún son recordados entre el público más veterano, una jovencísima Eva Isanta y nuevamente Carmen Rossi como Brígida. En 1991 no pudo celebrarse el espectáculo por falta de presupuesto municipal, una triste mancha, y se recuperó en 1992 con una versión conducida por Agapito Martínez e interpretada por Francisco Mateo y Gemma Pablo. Emplazada en la plaza de los Santos Niños, el respetable pudo disfrutar de una propuesta romántica sobre textos de Byron, Montherlant y Zorrilla.

El director alcalaíno Guillermo Baeza plasmó su visión del Tenorio en la edición de 1993. Y para ello se apoyó en uno de los mejores donjuanes del Tenorio alcalaíno: el gran Pedro Mari Sánchez.
Emilio Arjona dirigió la edición de 1994, con Juan Alcázar, Carmen Arenas y Carmen Laguna, encabezando el reparto. Al año siguiente, 1995, Fernando Borlán coordinó un Tenorio con Javier MejíaMaría Pedroviejo y Marta Gutiérrez encabezando el cartel. Y en la edición de 1996 volvió a dirigir la obra Agapito Martínez y el reparto estuvo encabezado por David Ortega y de nuevo Gemma Pablo.

En 1989 tuvo lugar una de las ediciones más insólitas del Tenorio, con un montaje ambientado en los años 20.
Fueron las ediciones más modestas y aunque el público seguía siendo fiel, el Ayuntamiento trató de revitalizar la apuesta en 1997 recurriendo de nuevo a Guirau y a un reparto de relumbrón, con Luis Merlo, Silvia Marsó, Carmen Rossi y Luis Varela.

Merlo, otro de nuestros grandes donjuanes, repetiría al año siguiente, casi por aclamación popular. En esta edición, dirigida por última vez por Antonio Guirau, estuvo acompañado por la actriz Beatriz Rico y por la incombustible Carmen Rossi. En 1999 se incorporó a la dirección del evento María Ruiz y se arropó de un extraordinario plantel de artistas de la ciudad encabezados por Jesús Cisneros, Yolanda Arestegui y la propia Carmen Rossi. Fue la penúltima que usó escenarios fuera del recinto del Arzobispal, al arrancar en la plaza de los Santos Niños. Ya en 2000, donde repitió María Ruiz, se concentró en la Huerta del Obispo con un espectacular escenario único en mitad de la explanada en forma de velero y un reparto encabezado de nuevo por Pedro Mari Sánchez, Yolanda Arestegui y Berta Riaza. Una verdadera tempestad, eso sí, hizo naufragar casi literalmente la segunda sesión.

Un año más tarde la dirección corrió a cargo de Luis Dorrego y tuvo como pareja protagonista a Liberto Rabal y Lidia Navarro, en una función arruinada por los fallos de sonido. En 2002 María Ruiz dirigió por tercera vez una lluviosa edición del Don Juan, con la participación de Juan José Artero y de nuevo Eva Isanta en los papeles estelares.

La de 2003 fue una edición muy especial. Bajo la batuta del alcalaíno Eduardo Vasco, se llevó a cabo una ambiciosa edición en el Arzobispal con el elenco de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. La masiva afluencia de público puso la guinda a una edición ambientada en el siglo XIX, con una estética a lo Gangs of New York de Scorsese, firmada por Yolanda Pallín y con la magnífica interpretación de Ginés García Millán como Tenorio.

La edición número 20 del Don Juan en 2004 fue conducida por otra de las grandes directoras del panorama teatral español, Natalia Menéndez, quien contó como pareja de protagonistas con los televisivos Marcial Álvarez e Irene Visedo.

Yolanda Arestegui y Jesús Cisneros, la doña Inés y el don Juan más alcalaínos, en la edición de 1999.
El Ayuntamiento logró en 2005, coincidiendo con los actos de celebración del cuarto centenario de El Quijote, involucrar de nuevo a Televisión Española en el proyecto. Para sacar adelante esta edición se contrató los servicios de un experimentado director especializado en musicales, Jaime Azpilicueta, de un joven don Juan, Mariano Alameda, y de una (demasiado) madura doña Inés, Yolanda Ulloa. Esta edición contó con la participación especial y disparatada de don Quijote y Sancho, interpretados por los actores compañía La Recua, los mismos que guían al público por el Mercado Cervantino de octubre.

Los dos siguientes años, y en un acuerdo de producción para un Don Juan Tenorio de sala, el Ayuntamiento acordó con Santiago Sánchez y su compañía L’Om Imprebís una nueva versión del clásico de Zorrilla. Fernando Gil hizo doblete en un Tenorio coral y evocador. En la edición de 2006, con Savitri Ceballos como la novicia, se pulverizaron todos los récords de público: cerca de 40.000 espectadores asistieron a las dos sesiones, que contaron con el favor de un tiempo primaveral.

La edición de 2008 fue dirigida por Laila Ripoll, con el telón de fondo del bicentenario del inicio de la Guerra de la Independencia. Juan Codina, Michelle Jenner, Concha Cuetos y Paco Valladares lideraron un elenco que puso en escena una versión goyesca con un don Juan muy violento, casi vampiresco, que no agradó del todo al público.

En 2009, coincidiendo con el XXV aniversario del montaje, el Ayuntamiento apostó por un reparto con un gran número de actores de Alcalá y dirigido por Juan Polanco. Héctor Colomé y Jacobo Dicenta interpretaron respectivamente a un don Juan anciano que le ‘pasa' los trastos a otro don Juan más joven y enérgico en un planteamiento renovado y original. Con gran apoyo de elementos audiovisuales y una pantalla gigante por la que desfilaron muchos de los actores y actrices que han hecho posible la historia del Tenorio alcalaíno, se redondeó una de las ediciones más completas y con récord de público: más de 40.000 personas asistieron a esta doble representación que cautivó a todo el mundo.

El 2010 se incorporaron al reparto dos actores muy conocidos por el público, Jordi Rebellón, el famoso doctor Vilches de la serie televisiva Hospital Central, y Lolita Flores, encarnando al conquistador y a Brígida. Polanco repitió como director y cerró en 2011 su particular trilogía con Ramón Langa en el papel de don Juan, la alcalaína Lidia Palazuelos como doña Inés y Karmele Aranburu de Brígida, dos años después de hacer de novicia, un hito que años después igualaría e incluso superaría Yolanda Arestegui.

En 2012, en la vigésimo séptima edición, Cristóbal Suárez y Sara Rivero interpretaron una edición dirigida por Jorge Muñoz, una de las más desangeladas de los últimos años por el recorte en el presupuesto y las limitaciones de la puesta en escena.

Ginés García Millán en su primer Tenorio alcalaíno, el de 2003, junto a Cristina Pons.
Con todo, se mantuvo la media de 20.000 espectadores entre los dos pases que se viene dando en la última década. Lo mismo que en 2013, la primera bajo la dirección de Carlos Aladro, con Jesús Noguero, Rebeca Hernando, Juan Ribó y Pastora Vega, encabezando el cartel, que se pudo seguir en una pantalla gigante con cámaras manipuladas por los propios actores durante su movimiento escénico. Una innovación que no convenció demasiado al respetable.

Más convencidos, incluso los más incrédulos, quedaron los espectadores con la edición de 2014, la del treinta aniversario, con la que se recuperó la itinerancia de los orígenes. El quiosco de música y la terraza del Círculo de Contribuyentes en la plaza de Cervantes y los contrafuertes de la Catedral en la plaza de los Santos Niños, además de la Huerta del Obispo, acogieron los escenarios de aquel espléndido Tenorio, con Fernando Cayo, Marta Hazas y la citada Arestegui de Brígida, bajo la hábil batuta otra vez de Aladro.

En 2015 se retomó la versión de Vasco de 2003, aunque trasladada al Siglo de Oro. García Millán, acompañado por Myriam Gallego esta vez como doña Inés de Ulloa, y repitiendo Yolanda Arestegui como la alcahueta Brígida, despacharon un solvente montaje. Como lo fue también el de 2016, con un elenco muy teatral encabezado por Javier Collado y Raquel Nogueira, y se espera que también lo sea el de este año, sostenido por la compañía De Amarillo.

Delante volverá a tener al público más experto y más leal a la leyenda donjuanesca. Aunque desgraciadamente ya no tendrán sentido sus proverbiales discusiones sobre si hay o no hay que darle una vuelta de tuerca, una mirada renovada, un impulso refrescante a los ascensos y caídas de don Juan, así como a sus llamadas desesperadas al cielo. Con que el espectáculo continúe, ya habrá darse por contento, pues a la vista queda que la moda del truco-trato lo está arrinconando, con una excluyente bendición municipal que sería comprensible en otras ciudades sin grandes reclamos identitarios y muy necesitada de abrazarse a otras tradiciones, pero no en una que es capital de la cultura española como lo es, o lo fue al menos, Alcalá, con mucho arte y mucha historia donde escoger. De modo que, aquí también, este otoño más pura la calabaza, y no la luna, brilla.

viernes, 6 de octubre de 2017

San Cervantes, el olvidado patrón del Mercado

Aplastada por el alboroto y las multitudes del Mercado Cervantino que todo el mundo conoce como Mercado Medieval, la celebración que da sentido a este evento es, en realidad, la fiesta cultural más antigua, y con más aspiraciones universales, de Alcalá: el 9 de octubre, día de Cervantes, o San Cervantes para los más guasones, y fastidio de no pocos paisanos.

El actor Luis María García se ha convertido en el símbolo del mercado con su impresionante encarnación de don Quijote.
La conmemoración del día en que Miguel, el cuarto hijo de Leonor de Cortinas y cirujano Rodrigo de Cervantes, recibió las aguas del bautismo en la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá, el 9 de octubre de 1547, se transformó en jornada  grande para los alcalaínos tres siglos después. Aquel bebé se convirtió pasados los siglos en el autor de El Quijote y elevado a símbolo máximo de la cultura española. Y aunque apenas vivió en Alcalá los tres primeros años de su vida y se perdió todo recuerdo de sus orígenes complutenses, el erudito benedictino fray Martín Sarmiento dio la primera pista de ello en 1752, y poco después se encontró la partida bautismal. A partir de entonces, las autoridades locales buscaron la manera de honrar la memoria de su hijo más preclaro. Y una de ellas fue festejar la fecha del 9 de octubre, según decidió el ayuntamiento en la primavera de 1862, siendo por tanto la celebración cultural con más solera en Alcalá.

En concreto, los ediles acordaron en pleno el primero de mayo de 1862  “que para lo sucesivo se celebre el natalicio de Cervantes, el día nueve de octubre de cada año, con iluminación, colgaduras y demás festejos públicos que se creyesen convenientes según las circunstancias”, por ignorarse la fecha de nacimiento del escritor y ser esa la única referencia temporal de la que se tenía certeza documentada y absoluta de su llegada al mundo.

La placa que durante décadas señaló la falsa casa de Cervantes en una tapia del solar que hoy ocupa el Teatro Salón Cervantes.
De hecho, desde algunos años antes ya se tomaba como medida el 9 de octubre para convocar algunos homenajes cervantinos. Por ejemplo, en 1846 se estrenó el cambio de nombre de la calle de la Tahona por el de Cervantes, al existir la “vaga tradición” de que allí estuvo la casa natal del escritor; en concreto en la huerta del convento de Capuchinos, solar que hoy ocupa el Teatro Salón Cervantes. Hasta 1941 no se hallaría la morada auténtica.

Para entonces el 9 de octubre ya era ocasión de veladas de música, teatro, lecturas o actos sociales en honor de Cervantes. También se convirtió en la jornada señalada para los grandes fastos en recuerdo del escritor y su obra. El primero importante fue en 1879: aquel 9 de octubre se inauguró la estatua de Cervantes en la plaza mayor alcalaína, obra de Carlos Nicoli; la misma, o parecida, que reclamó la setenta años antes el denostado José Bonaparte, al echar de menos una efigie del Príncipe de los Ingenios en una visita a su patria chica.

En 1905 se conmemoró el tercer centenario de El Quijote, pero las celebraciones se concentraron en la primavera. Más protagonismo se le pensaba dar al 9 de octubre de 1916, año del tercer centenario de la segunda parte de la novela y de la muerte de Cervantes, pero el estallido de la Primera Guerra Mundial dos años antes desbarató todos los planes.

En Alcalá se despositaron muchas esperanzas en aquellas efemérides, como hito para que la ciudad fuese escenario de grandes actos culturales y se impulsara al fin el viejo proyecto de construir un gran museo y biblioteca cervantinos, pero ni el ayuntamiento ni el Gobierno central dispusieron de recursos.

Hubo que esperar a otra efemérides, el cuarto centenario del nacimiento de Cervantes en 1947, para que el octubre cervantino volviera a brillar. El mismísimo general Franco presidió la ceremonia principal, en vísperas del día 9, que incluyeron la reapertura de la capilla del Oidor, única estancia salvable de Santa María, incendiada por los milicianos y bombardeada por los nacionales durante la guerra; y la presentación de la réplica de la pila bautismal de Cervantes, con trozos de la original incrustados.

Corresponsales extranjeros en la guerra civil española fotografiándose junto a la estatua de Cervantes. Al fondo se recortan las ruinas de la iglesia de Santa María la Mayor, incendiada y bombardeada.
Más repercusión aún tuvo el 9 de octubre de 1956 enmarcado en las celebraciones del Día de la Provincia. En los días anteriores, y entre otros eventos,  se inauguró al fin el Museo Casa Natal de Cervantes, quince años después de que el cervantista Astrana Marín hallara las pruebas documentales que la ubicaban en la calle de la Imagen.

Pasó casi un cuarto de siglo hasta encontrar otro 9 de octubre relevante. Tras la irrupción de la primera corporación municipal democrática, en 1980 se decretaron los festivos locales de Alcalá, que quedaron emplazados en el 6 de agosto, fiesta de los patronos Justo y Pastor, y el día del bautismo de Cervantes. Fue a partir de entonces cuando comenzó a ser conocida popularmente esta fecha como el “San Cervantes”, por aquello de que las fiestas locales suelen coincidir con días de santos, y por ponerle un poco de sorna, aunque sin propósito de ofender, pues esta denominación, como se decía al principio, no es del gusto de muchos vecinos, que no comulgan con la idea de la santidad civil.

Al calor de la festividad local, los actos sociales y culturales no han hecho más que crecer, a pesar de que muchos alcalaínos que trabajan o estudian en Madrid no puedan disfrutarla plenamente. Pero fue en 1999 cuando se registró la novedad más revolucionaria en torno a la celebración de la fecha: ese 9 de octubre se inauguró un mercadillo de época en la plaza de Cervantes, que siguió celebrándose en los años siguientes ocupando cada vez más calles del centro histórico, y con nombres variados -Barroco, Siglo de Oro, Quijote...- hasta convertirse en el abrumador Mercado Cervantino de hoy en día.

Y será este acontecimiento de ocio el que siga marcando la senda festiva del 9 de octubre. O de 29 de septiembre, pues según dejó sentado en 2008 el Cronista Oficial de la Ciudad, Vicente Sánchez Moltó, a través de una concienzuda investigación del libro de bautismos y otros documentos de la época, fue la fecha segura, y no solo más probable, del nacimiento de Miguel de Cervantes. Pero tendría que ser el Ayuntamiento el que, a nivel oficial, debería cambiarlo, aunque no parece que esté por la labor. El objetivo ahora es conseguir la declaración de fiesta de interés nacional para el Mercado, donde está sepultado, más que incluido, el centenario San Cervantes.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La noche que tembló Alcalá


Fueron dos explosiones consecutivas y brutales; el suelo se estremeció y las luces se apagaron; cristales y cascotes empezaron a llover desde las fachadas de los edificios, y una nube de polvo barrió la ciudad. A algo más de un kilómetro de la plaza de Cervantes, cerca del viejo puente medieval del Zulema, un cráter entre fuego, humo y barro fue todo lo que quedó de un montículo en cuyo interior  se guardaba un arsenal militar.

Estado en el que quedó la venta y los alrededores del polvorín tras la explosión
Ocurrió la noche del sábado 6 de septiembre de 1947, hace pues 70 años. Solo los más mayores recuerdan esta tragedia, cuyo rastro de muertos, heridos y destrozos materiales dejó conmocionada durante años a lo que, por aquel entonces, era una pequeña ciudad. Para refrescarlo y darlo a conocer a las nuevas generaciones, el colectivo cívico Foro del Henares promovió hace ocho años la publicación del libro La explosión del polvorín de Alcalá de Henares, obra de los historiadores Alejandro Remeseiro y Julián Vadillo, y reclamó a las fuerzas políticas locales que impulsaran algún tipo de recuerdo municipal de las víctimas y de los represaliados de aquel suceso que comenzó una tibia velada de sábado hace siete décadas. Con un monumento y la reedición del libro de antes citado se ha dado respuesta ahora a esa petición de memoria para una calamidad que solo el fatídico11-M puede igualar en impacto.

Recién concluidas las Ferias, en aquella noche de final de verano casi todo el mundo estaba en la calle, tomando el fresco o paseando.Los relojes se pararon a las diez menos cuarto de la noche por dos truenos y un tremendo temblor de tierra. Ningún hogar ni establecimiento público de Alcalá se libró de la terrorífica sacudida, a la que siguió un apagón y una espesísima polvareda. El pánico se adueñó de la población, desconocedora aún que aquel terremoto tenía su epicentro al otro lado del río.

El polvorín construido una década antes en las entrañas de un montecito de apenas 50 metros de altura, ubicado a las espaldas del actual Centro de Artesanía, había estallado por causas desconocidas  escupiendo al aire cientos de miles de metros cúbicos de tierra. En pocos minutos  llegó a las calles de Alcalá el colosal hongo de polvo levantado por la deflagración. De la violencia de ésta no se salvó la fábrica Río Cerámica, vecina del polvorín, que quedó completamente arrasada;  ni el viejo puente del cardenal Tenorio;  ni la popular venta de Camacho. El temblor de la explosión se llegó a sentir a más de cincuenta kilómetros, especialmente hacia el sur, en la otra orilla del Henares. Se dijo entonces que el río salvó a la ciudad de una destrucción mayor al absorber buena parte de la onda expansiva.

En la más absoluta oscuridad y con el terror haciendo presa de los vecinos, en el Ayuntamiento  se montó un ‘gabinete de crisis' cerca de la medianoche. El alcalde accidental Félix Huerta Álvarez de Lara, que sustituía al regidor Lucas de Campo, de vacaciones, contactó con la autoridad militar para organizar la operación de salvamento en la ‘zona cero' del Zulema y atender a los heridos en la ciudad, alertándose a los hospitales de Madrid y de Guadalajara. Militares, personal municipal y voluntarios se acercaron hasta el polvorín, donde les dio el alto un centinela que salió milagrosamente indemne pidiéndoles fuera de sí el santo y seña.

La búsqueda de supervivientes y el rescate de cadáveres en lo que quedaba del polvorín y en el esqueleto ruinoso de la vecina fábrica, fueron muy dificultosos.  El polvo era cegador, se habían incendiado los restos de la fábrica por los hornos que ardían cuando se produjo la explosión y había que cruzar el río a pie por la destrucción del puente. El Teatro Salón Cervantes se convirtió en un hospital de campaña y los primeros bomberos llegaron de Madrid a primeras horas de la madrugada.

El 7 de septiembre Alcalá amaneció cubierta de polvo pero calmada. A media mañana logró recuperarse la línea telefónica y la oficina del telégrafo en la calle Santiago no dio abasto para atender la avalancha de mensajes de los vecinos deseosos de comunicar con el exterior para tranquilizar a amigos y familiares.

Poco a poco se fue haciendo recuento de víctimas y se cerró con la cifra de 24 muertos, entre soldados y trabajadores de la cerámica, y un número indeterminado de heridos. La ciudadanía se volcó con los damnificados y el funeral de los fallecidos, al que acudieron las autoridades políticas y religiosas de la capital, con el ministro de Gobernación a la cabeza, fue multitudinario.

De inmediato comenzó la investigación del siniestro y, en paralelo, la ‘caza’ de culpables. Aunque nunca se llegó a saber con certeza cómo se produjo la explosión,  todos los indicios apuntaban a las deficientes instalaciones y al mal estado de la pólvora almacenada en el polvorín. Los jueves militares que instruyeron la causa no los tuvieron presentes y se acogieron exclusivamente  a la teoría del sabotaje organizado por una célula izquierdista. De esta manera, con ninguna prueba inculpatoria, fueron detenidas  24 personas, todos obreros, la mayoría de Alcalá y con antecedentes de militancia comunista y socialista. Ocho de ellos fueron condenados a muerte y el resto padecieron severas penas de prisión.

El recuerdo del trágico destino de aquellos condenados, que se sumó al de las víctimas de la explosión, quedó desleído con el tiempo, excepción hecha de la memoria de los más mayores y el libro antes mencionado. En el lugar, no obstante, aún queda en pie parte del montículo y, hasta hace no mucho, la entrada a la galería del polvorín ubicada cerca de la cuesta del Zulema, la única que quedo en pie aquel sábado negro.

miércoles, 5 de julio de 2017

Un campo de concentración en la avenida de Meco

Hace unos días se conocía el hallazgo de un viejo artefacto explosivo cerca del parquecillo encajado entre la autovía, la Ciudad del Aire y la Base Militar Primo de Rivera. Fue Runa, una perra de la unidad canina de la Policía Militar, la que, en un paseo rutinario por los alrededores del acuartelamiento, alertó de la presencia de la bomba, semienterrada a pocos metros de un lugar al que suelen acudir vecinos y con mucho tráfico rodado. Avisados los TEDAX, se comprobó que se trataba de una granada anticarro de la Guerra Civil, lista para estallar por otra parte.
Una imagen del Centro de Instrucción de Reclutas (CIR) de la Base Primo de Rivera en los años 60 (postal extraída de la web del investigador local  José Carlos Canalda, www.jccanalda.es)
Ese descubrimiento evoca inevitablemente un tiempo de plomo en el que, antes de que la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial atormentara Londres, París, Berlín, Rotterdam, Cracovia o Dresde, Alcalá y los alcalaínos ya sufrían la espantosa experiencia de ver aviones de la Legión Condor surcar el cielo; de sufrir bombardeos calculados siguiendo las líneas rectas de la trama urbana; de buscar protección en refugios antiaéreos; de contemplar columnas de blindados cruzando las calles; de saberse rodeados de espías de potencias extranjeras, o de ser vecinos de un campo de concentración. Y éste último regresa a la memoria a raíz del hallazgo de esta granada, al igual que hace nueve años con la aparición de una fosa clandestina con restos óseos humanos en el recinto que acogió durante décadas a la Brigada Paracaidista. Porque precisamente muy cerca de esos parajes, hace casi 80 años, se llegaron a hacinar alrededor 15.000 combatientes de la Guerra Civil. Fue en el campo de concentración del Caño Gordo, también conocido como ‘El Manicomio’.

“Uno de los lados del campo se extendía a lo largo de la carretera de Meco. Allí nos encerraron como a corderillos en los apriscos, comíamos los coscurros de pan que por encima de las paredes del Manicomio nos arrojaban nuestras familias que nos apercibían de su llegada con los lloros…”. Así contaba Fernando Nacarino, histórico de la izquierda alcalaína, represaliado del régimen franquista y entrañable personaje del viejo Alcalá fallecido en 2007, su ingreso en el campo de concentración en el libro Nacarino. Historias de la guerra, de las cárceles de Alcalá…, obra del profesor y exconcejal Urbano Brihuega.

Los hechos que relata se sitúan en los primeros días de abril de 1939, una vez finalizada la guerra. El bando vencedor impuso entonces a todos los combatientes afectos a la República que se presentaran en el campo de concentración más próximo. Nacarino, como muchos otros soldados leales a la causa republicana, se personó en el Manicomio, un lugar de confinamiento que ya venía funcionando como campo de concentración desde hacía semanas, antes incluso de que las tropas franquistas hicieran su entrada en Alcalá el 28 de marzo de 1939. Cuando Naca llegó, en el campo no cabía un alfiler.


De la finca regada por el Caño Gordo al Psiquiátrico

La Base Primo de Rivera, emplazada hoy en día entre el parque Juan Pablo II del Ensanche, la Escuela Universitaria Cardenal Cisneros, la colonia Ciudad del Aire y la A-2, era en los años 30 del pasado siglo una finca de huertas y sembrados regados por un gran manantial llamado el Caño Gordo. Por ese nombre era conocido popularmente el lugar, en la ribera del camino a la vecina Meco y muy alejado entonces del centro de la ciudad. Los últimos caseríos se situaban por la actual calle Ferraz y prácticamente el casco urbano presentaba su límite por esa zona, a la altura del paso a nivel de la vía del tren ubicado en el lugar donde en el presente se levanta el puente de Meco, al lado del barrio de los Nogales.

Con la llegada de la República la bucólica estampa del Caño Gordo varió rápidamente al ser elegida la finca como solar para el Instituto Psiquiátrico Provincial. El 10 de diciembre de 1932 el mismísimo presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, acudió a Alcalá para colocar la primera piedra del que empezaría a llamarse de inmediato ‘El Manicomio’. El jefe del Estado estuvo acompañado en aquel acto por una comitiva de altura, que incluía al presidente del Gobierno, el complutense Manuel Azaña; el ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos; el doctor Gregorio Marañón, y, cómo no, el alcalde de la ciudad, por aquel entonces Juan Antonio Cumplido.

En los años siguientes, y aunque con constantes interrupciones por falta de presupuesto, se levantaron algunos pabellones y se valló el perímetro pero no llegó a entrar en funcionamiento. Así, con el psiquiátrico a medio hacer, estalló la guerra el 18 de julio de 1936. En Alcalá, plaza militar de postín desde el siglo XIX, algunos oficiales secundaron el golpe de estado contra el gobierno, pero apenas tres días después fueron reducidos por el resto de los destacamentos y por las milicias alineados con la República.
Milicianos llegando a la plaza de Cervantes en julio de 1936..
A partir de ese momento, la ciudad se convirtió en un baluarte estratégico del Ejército republicano. A las unidades militares asentadas ya en suelo alcalaíno, se unieron nuevas tropas a las que hubo que acantonar a la carrera mientras avanzaba la guerra. Por ejemplo, la 46 División al mando de Valentín González ‘El Campesino’, uno de los militares más conocidos del bando republicano. La morada que se le destinó fue el Manicomio, donde quedaron alojados más de 5.000 soldados, que además se hallaba muy cerca del aeródromo donde actualmente se asienta el Campus externo [el Grupo en Defensa del Patrimonio Complutense tiene elaborada una detallada guía sobe este recinto del que aún quedan muchas huellas sobre el terreno]. ‘El Campesino’ y sus oficiales, no obstante, tuvieron su cuartel general entre el Convento de las Carmelitas de la Imagen y el Palacio de los Casado o antiguo Hospital de San Lucas.  Aunque el amigo José María San Luciano me señala que el "jefe", en particular, se buscó acomodo en la casa del político local Cayo del Campo, en la esquina de la calle del Ángel con la Vía Complutense.

Guerra dentro de la guerra

La improvisada base militar montada en el Caño Gordo se mantuvo activa durante toda la guerra, si bien a partir de 1938, y con los sucesivos e imparables avances de las tropas franquistas, fue perdiendo efectivos hasta quedar solo al cuidado de un pequeño retén de soldados.

En esta situación se hallaba en las últimas semanas del conflicto, ya en el año 39, cuando se produjo un nuevo golpe de mano de los militares dentro del bando republicano. El 26 de febrero el Reino Unido y Francia reconocieron a la junta militar de Burgos y un día después Azaña dimitió como presidente de la República. Solo los comunistas se negaron a reconocer la derrota y apostaron por resistir y continuar la contienda hasta que estallase la guerra en toda Europa.

El coronel Segismundo Casado, ayudado por la CNT y el dirigente socialista moderado Besteiro, decidió tomar el mando republicando rebelándose contra el Gobierno de Negrín y constituyendo el 5 de marzo el Consejo Nacional de Defensa para tratar de alcanzar una “paz honrosa” con Franco. Este pronunciamiento dio lugar a una guerra dentro de la guerra entre casadistas y comunistas que se desarrolló durante una semana en Madrid y sus alrededores en mitad de un caos fantasmagórico: el Estado ya no existía dentro del bando republicano, las órdenes entre militares, gobernantes y políticos se contradecían y se daba rienda suelta a no pocos desquites.

Las tropas del coronel alcanzaron una victoria pírrica en la batalla interna el 12 de marzo y desarmaron a miles de comunistas que se convirtieron en prisioneros a los que había que buscar centros de reclusión. Y es entonces cuando el Manicomio cambió su uso militar por el de campo de concentración.

En sus pabellones y barracones fueron alojados cerca de 15.000 prisioneros, pues las demás penitenciarías de Alcalá a tope: las ya existentes en el viejo Colegio de Santo Tomás y la prisión de mujeres de La Galera, más las improvisadas en las Agustinas y en Carmen Calzado.

Una ciudad prisión

En cuestión de días, por tanto, Alcalá había doblado prácticamente su población, lo cual provocó severos problemas de abastecimiento. La ciudad había sido duramente castigada a lo largo de toda la guerra y el asentamiento de esta desproporcionada comunidad reclusa condenó al resto de la población a sufrir la hambruna más cruda.
Soldados del Ejército Republicano desfilando por la calle Libreros en noviembre de 1937.
Pero los presos se llevaron la peor parte. Sin una autoridad clara y sin legalidad a la que atenerse en aquellos inciertos días, muchos de ellos pudieron ser objeto de represalias y ajustes de cuentas del campo, según la tesis de muchos investigadores. Puede ser, en consecuencia, que en aquellos días en los que agonizaba la República se produjeran ajusticiamientos sin control y que se abriera la mencionada fosa clandestina, descubierta en marzo de 2008 con ocasión de unas obras en el muro norte del recinto de la Base Primo de Rivera.

El mismo descontrol pero con más ansias de revancha existía cuando las tropas nacionales hicieron su entrada en Alcalá a los pocos días y se encontraron con miles de enemigos amontonados en el Manicomio. No los liberaron, por supuesto. Y fue en los días y semanas siguientes cuando algunos testigos dejaron dicho que se escucharon disparos casi a diario dentro de las tapias del Caño Gordo, lo que quizá también podría estar relacionado con la fosa, cuyos restos nunca se llegaron a identificar, o al menos de manera pública no se informó de ello, aunque sí se certificó que pertenecían a militares por los restos de ropas y enseres localizados junto a ellos.

Sea como fuere, los allí recluidos no solo tuvieron  que soportar el cautiverio en situación de hacinamiento, sin espacio, sin alimentos y sin agua corriente, a la espera de condenas de cárcel o de sentencias de muerte en firme; sino que además tuvieron que hacer sitio a nuevos prisioneros, a medida que se entregaban combatientes o eran detenidos los ‘desafectos’ al nuevo régimen; una situación que se alargó hasta el año 42. Naca fue uno de esos últimos inquilinos, según recordaba en el libro de Brihuega: “El Manicomio fue mi primera prisión al acabar la guerra. Estuve siete días incomunicado aunque en el mismo campo de concentración me enteré de la muerte de tres camaradas, a los tres le dieron ‘el paseo”.

Queda claro, en fin, que Runa desenterró mucho más que una granada anticarro.